AUTOR DEL DÍA

Robert Louis Stevenson.
Historia de la puerta.

El señor Utterson, el abogado, era un hombre de rostro adusto, jamás
iluminado por una sonrisa; frío, parco y tímido en el discurso; tardo
en exhibir sus emociones; alto, enjuto, ajado, triste y, sin embargo,
encantador. En las reuniones con los amigos, y cuando el vino era de
su gusto, relucía en su mirada un no sé qué eminentemente humano, que
nunca llegaba a formular con palabras, pero que se expresaba no solo
en esos rasgos de su fisonomía durante la sobremesa, sino con mucha
mayor frecuencia y claridad en su forma de actuar. Tratándose de él,
era siempre muy austero: cuando estaba a solas bebía ginebra para
reprimir su afición por los vinos de reserva, y, aunque le gustaba el
teatro, no había pisado uno desde hacía veinte años. Sin embargo tenía
una tolerancia probada con los demás hombres. En ocasiones se
asombraba, casi con envidia, de la pujanza de ánimo que requerían las
fechorías ajenas; y en las situaciones extremas, prefería ayudar a
reprobar. «Siento inclinación por la herejía cainita —decía de un modo
un tanto extraño—: dejo que mis hermanos se condenen como mejor
prefieran». Esa peculiaridad de su carácter hacía que tuviera a menudo
la fortuna de ser el último amigo honrado y la última buena influencia
en la vida de quienes se encaminaban al abismo. Y nunca, mientras
seguían visitándolo, mostraba el menor cambio en su actitud para con
ellos.
Sin duda, la empresa debía de resultarle fácil, pues en el mejor de
los casos era inexpresivo, y sus amistades parecían fundadas en una
bonhomía que abarcaba a todos por igual. Una de las características
del hombre modesto es que acepta a su círculo de amigos tal y como se
lo brinda la ocasión, y eso precisamente es lo que hacía el abogado.
Sus amigos eran sus parientes o aquellas personas a quienes conocía
desde hacía más tiempo: sus afectos, como la hiedra, crecían con el
tiempo y no implicaban ninguna aptitud especial por parte de quienes
los inspiraban. Eso explica, sin duda, el lazo que lo unía a Richard
Enfield, un pariente lejano, muy conocido en la ciudad. Para muchos
era un enigma lo que ambos pudieran ver el uno en el otro o lo que
pudieran tener en común. Quienes se encontraban con ellos en sus
paseos dominicales aseguraban que jamás decían palabra, parecían
mortalmente aburridos y saludaban con alivio la llegada de cualquier
amigo. Pese a todo, los dos adoraban aquellos paseos, los tenían por
el mejor momento de la semana y no solo renunciaban a otras ocasiones
placenteras, sino que incluso llegaban a desatender sus respectivas
ocupaciones con tal de no tener que interrumpirlos.
Una de esas caminatas les condujo a un callejón en uno de los barrios
más concurridos de Londres. La calle era estrecha y silenciosa, aunque
los días laborables estaba muy transitada. Daba la impresión de que
todos sus habitantes fueran personas acomodadas, y de que tratasen de
prosperar aún más gastando parte de sus ganancias en coquetería, lo
que hacía que los escaparates de aquella calle parecieran
particularmente invitadores, como si fuesen hileras de vendedoras
sonrientes. Incluso en domingo, cuando ocultaba sus encantos más
floridos y estaba casi vacía, la calle resplandecía en contraste con
la sordidez del resto del barrio como un fuego en un bosque; y, con
sus postigos recién pintados, los tiradores de latón bien bruñidos y
su buen tono limpio y alegre, captaba la atención y recreaba la vista
de los viandantes.
A dos puertas de una de las esquinas, en la acera de la izquierda, la
entrada a un patio interrumpía la línea, y, en ese mismo lugar, el
hastial de un edificio de aspecto siniestro asomaba sobre la calle.
Tenía dos pisos de altura y carecía de ventanas, solo había una puerta
en el piso de abajo y un frontón deslucido en el piso superior, y
exhibía en cada uno de sus rasgos las señales de un prolongado y
sórdido descuido. La puerta, que carecía tanto de timbre como de
llamador, estaba agrietada y tenía saltada la pintura. Los vagabundos
se refugiaban en aquel hueco y encendían sus cerillas frotándolas
contra los postigos; los niños jugaban a las tiendas en los escalones;
los escolares probaban el filo de sus cortaplumas en las molduras, y,
a lo largo de una generación, nadie parecía haber tratado de ahuyentar
a aquellos visitantes ocasionales ni de reparar sus estragos.
El señor Enfield y el abogado estaban al otro lado del callejón, pero
cuando llegaron, el primero alzó el bastón y señaló a la puerta.
—¿Te has fijado alguna vez en esa puerta? —preguntó, y, cuando su
acompañante respondió que sí, añadió—: A mí me trae a la memoria una
historia muy extraña.
—¿Ah, sí? —preguntó el señor Utterson con un leve cambio de entonación
en la voz—. ¿De qué se trata?
—Pues verás: yo volvía de no sé qué sitio dejado de la mano de Dios, a
eso de las tres de la madrugada de una negra noche de invierno, y
atravesé una parte de la ciudad donde no se veía nada más que las
farolas: una calle tras otra, y todo el mundo durmiendo…, una calle
tras otra, todas iluminadas como para una procesión y tan desiertas
como una iglesia…, hasta que por fin se me pusieron los nervios de
punta, como cuando uno empieza a aguzar el oído y a ansiar cruzarse
con un policía. De pronto, vi dos figuras: un hombrecillo que andaba
muy rápido, renqueando; y una niña de unos ocho o diez años que corría
a toda prisa por una calle transversal. Como es natural, ambos
chocaron al llegar a la esquina. Y ahí estuvo lo horrible del caso,
pues el hombre pasó por encima de la niña pisoteándola sin inmutarse y
la dejó dando gritos en el suelo. Así contado no parece gran cosa,
pero verlo fue horrible. Daba la impresión de no ser humano, sino una
condenada fuerza de la naturaleza. Yo solté un grito, eché a correr,
cogí del cuello a aquel individuo y lo obligué a volver al lugar del
incidente, donde se había formado ya un grupo bastante numeroso
alrededor de la niña, que no paraba de llorar. El hombre estaba tan
tranquilo y no ofreció resistencia, pero me echó una mirada tan aviesa
que me produjo un sudor frío. Aquellas personas eran parientes de la
niña, y la habían enviado en busca de un médico que no tardó en
aparecer. Por suerte el matasanos dictaminó que no era nada grave y
que no había sido más que un susto, y cualquiera habría dicho que ahí
se acababa la historia. Pero coincidió además una circunstancia
extraña. Desde el primer momento, aquel tipo me había inspirado una
enorme repulsión. Y lo mismo les había ocurrido a los familiares de la
niña, lo que por una parte no deja de ser comprensible. Sin embargo,
lo que más me sorprendió fue el caso del médico. Era un simple
boticario, sin rasgos definidos, con un marcado acento de Edimburgo y
tan impresionable como un adoquín. Pues bien: le sucedió lo mismo que
a nosotros, y reparé en que el matasanos empalidecía y se atragantaba
de ganas de matar al prisionero cada vez que le echaba la vista
encima. Le adiviné el pensamiento igual que él a mí, y, como no
podíamos asesinarlo, hicimos lo único que estaba en nuestra mano:
amenazamos al hombre con organizar un escándalo y arrastrar su nombre
por el fango. Y le aseguramos que, si tenía algún amigo o alguna
reputación que perder, nos encargaríamos personalmente de que así
fuera. Mientras le amonestábamos de aquel modo, tuvimos que contener a
las mujeres, que parecían auténticas arpías. Nunca he visto unas
expresiones de odio como las de aquel círculo de rostros iracundos, y
entretanto el hombre seguía en el centro haciendo gala de una
impasibilidad siniestra y desdeñosa: se notaba que estaba asustado,
pero aguantaba el chaparrón como si fuera Satanás en persona. «Ya que
pretenden sacar provecho de este accidente», dijo, «está muy claro que
nada puedo hacer para impedirlo. Cualquier caballero preferiría evitar
un escándalo. Pongan ustedes la cifra». Al final conseguimos sacarle
cien libras para la familia de la niña; él trató de escabullirse, pero
comprendió que hablábamos en serio y acabó por ceder. El paso
siguiente era cobrar el dinero, ¿y creerá usted que nos trajo hasta
esa puerta de ahí?, sacó una llave, entró y volvió a salir con diez
libras en monedas y un cheque del banco Coutts al portador firmado con
un nombre que no puedo mencionar, aunque se trate de una de las claves
de mi historia. Un nombre en todo caso muy conocido y que habrá visto
a menudo en letra de imprenta. La cantidad era considerable, pero la
firma, de ser auténtica, valía mucho más. Me tomé la libertad de
indicarle a aquel individuo que aquello tenía toda la pinta de ser una
estafa y que no era muy habitual que uno entrase en un sótano a las
cuatro de la madrugada y saliera con un cheque por valor de casi cien
libras firmado por otra persona. Pero él siguió sin inmutarse. «No se
preocupe», dijo, «me quedaré con ustedes hasta que abran los bancos y
yo mismo cobraré el cheque». De modo que el médico, el padre de la
niña, aquel tipo y yo nos marchamos de allí y pasamos el resto de la
noche en mi casa. A la mañana siguiente, después de desayunar, fuimos
todos juntos al banco. Yo mismo entregué el cheque y advertí al cajero
de que sospechaba que pudiera tratarse de una falsificación. De eso
nada: el cheque era auténtico.
—Vaya, vaya… —respondió el señor Utterson.
—Veo que opinas igual que yo —replicó el señor Enfield—. Sí, es un
asunto muy turbio. Aquel individuo era un personaje decididamente
diabólico con quien nadie querría relacionarse, y la persona que
extendió el cheque no puede ser más honorable y (para terminar de
empeorar las cosas) se trata de alguien que se dedica precisamente a
eso que llaman hacer el bien. Imagino que debe de tratarse de un
chantaje: un buen hombre a quien están exprimiendo por culpa de alguna
locura cometida en su juventud. Por eso llamo a ese sitio «la casa del
chantaje». Aunque, incluso así, resulta difícil de explicar —añadió
con aire pensativo.
El señor Utterson lo sacó de su ensimismamiento al preguntarle de pronto:
—¿Y no sabes si la persona que extendió el cheque vive ahí?
—¡No parece un sitio muy apropiado! ¿No crees? —replicó el señor
Enfield—. Pero da la casualidad de que he visto sus señas en el
periódico y vive en no sé qué plaza.
—¿Y no has preguntado nada acerca de ese sitio de la puerta? —insistió
el señor Utterson.
—No. Tengo mis escrúpulos. Me molesta andar haciendo preguntas, me
recuerda al Juicio Final. Uno hace una pregunta y es como darle una
patada a un canto rodado. Te sientas en la cima de la montaña, la
piedra sale rodando y empuja a otras y, por fin algún pobre desdichado
(el último en quien uno habría pensado) recibe una pedrada en la
cabeza en su propia casa y la familia tiene que cambiar de apellido.
No, hace tiempo que me rijo por esa norma: cuanto más raro me parece
algo, menos pregunto.
—Una norma excelente, desde luego —coincidió el abogado.
—No obstante, he investigado el lugar por mi cuenta —prosiguió el
señor Enfield—. Apenas parece una casa. No hay otra puerta y por ella
no entra ni sale nunca nadie, salvo, muy de cuando en cuando, el
individuo del que te he hablado. En el piso superior hay tres ventanas
que dan al patio y en el de abajo ninguna; las ventanas están siempre
cerradas pero limpias. También hay una chimenea por la que casi
siempre sale humo, de modo que alguien debe de vivir allí. Y, sin
embargo, no estoy tan seguro, pues los edificios están tan juntos unos
de otros que resulta difícil saber donde acaba uno y empieza el otro.
La pareja reemprendió su paseo en silencio y luego el señor Utterson dijo:
—Enfield, me gusta esa norma tuya.
—Sí, a mí también —replicó Enfield.
—Y, sin embargo —prosiguió el abogado—, hay una cosa que quiero
preguntarte y es el nombre del individuo que pisoteó a la niña.
—Bueno —dijo el señor Enfield—, no veo que haya nada de malo en que lo
sepas. El tipo se llamaba Hyde.
—Mmm… —repuso el señor Utterson—. ¿Qué aspecto tiene?
—No es fácil de describir. Tiene una pinta rara, desagradable y
francamente odiosa. Nunca he visto a nadie que me desagradara tanto, y
apenas sabría decir por qué. Debe de ser deforme, al menos transmite
una clara sensación de deformidad, aunque no sabría especificar en qué
consiste. Es un hombre de un aspecto fuera de lo común, y sin embargo
no puedo decir nada que se salga de lo normal. No señor; no logro
describirlo. Y no es que no lo recuerde, pues te aseguro que es como
si lo estuviera viendo ahora mismo.
El señor Utterson continuó andando en silencio sumido evidentemente en
sus reflexiones.
—¿Estás seguro de que empleó una llave? —preguntó al fin.
—Mi querido amigo… —empezó Enfield, muy sorprendido.
—Sí, comprendo que debe de parecerte extraño. Lo cierto es que, si no
te he preguntado el nombre de la otra persona, es porque ya lo sabía.
Como ves, Richard, tu historia no ha caído en saco roto. Si has sido
impreciso en algo, sería mejor que me lo dijeses.
—Deberías haberme advertido —replicó el otro con un asomo de enfado—.
Pero, como tú dices, he sido pedantescamente preciso. Aquel tipo tenía
una llave, y, lo que es más: todavía la tiene. Hace menos de una
semana que le vi utilizarla. —El señor Utterson suspiró, pero no dijo
nada, y el joven prosiguió—: He aquí otra lección para no abrir la
boca. Me avergüenza tener la lengua tan larga. Hagamos un trato y no
volvamos a hablar del asunto.
—Por mí encantado —replicó el abogado—. Trato hecho, Richard.


Historia de la puerta.
Robert Louis Stevenson.

Traducción: Miguel Temprano García.


***

Robert Louis Stevenson.
Un sitio donde pasar la noche.

Estaban a finales de noviembre de 1456. La nieve caía sobre París con
rigurosa e incansable persistencia; de vez en cuando el viento hacía
una incursión y la esparcía formando vórtices voladores, otras veces
reinaba la calma y descendía, copo a copo, callada, morosa e
interminable, desde el negro cielo nocturno. Los menesterosos, que
alzaban la mirada bajo las cejas húmedas, se preguntaban de dónde
caería todo aquello. Maese Francis Villon había planteado una
disyuntiva esa tarde desde la ventana de una taberna: ¿sería solo que
el pagano Júpiter estaba desplumando unos gansos en el Olimpo?, ¿o
estarían los santos ángeles mudando la pluma? Él no era más que un
pobre licenciado, prosiguió, y, como el asunto tenía que ver en parte
con la divinidad, no se atrevía a pronunciarse. Un viejo cura
bobalicón de Montargis que estaba entre los presentes invitó al joven
tunante a una botella de vino para celebrar aquella broma y las muecas
que la acompañaron, y juró por su barba blanca que él también había
sido un pícaro irreverente cuando tenía la edad de Villon.
El aire era áspero, cortante y casi gélido, y los copos grandes,
húmedos y pegajosos. La ciudad entera estaba cubierta por un sudario.
Un ejército podría haberla cruzado y ni una sola pisada habría
delatado su presencia. De haber habido algún pájaro rezagado en el
cielo, habría visto la isla como una gran mancha blanca, y los puentes
como delgados tablones blancos, tendidos sobre el negro trasfondo del
río. En lo alto, la nieve se posaba entre la tracería de las torres de
la catedral. El viento había llenado muchas de sus hornacinas y las
estatuas lucían un largo bonete blanco sobre sus grotescas o santas
cabezas. Las gárgolas se habían transformado en enormes narices
postizas con la punta torcida. Las volutas eran como almohadas puestas
de pie e hinchadas por un lado. En los intervalos en que no soplaba el
viento, se oía un sonido apagado de goteo en los alrededores de la
iglesia.
El cementerio de San Juan no se había librado de la nevada. Todas las
tumbas estaban cubiertas; los altos y blancos tejados de las casas lo
rodeaban formando solemnes hileras. Los ciudadanos honrados llevaban
mucho tiempo en la cama tocados con sus gorros de dormir igual que sus
domicilios y no se veía una sola luz en el barrio, salvo el débil
resplandor de una lámpara que colgaba en el coro de la iglesia y hacía
danzar las sombras de aquí para allá con sus oscilaciones. El reloj
estaba a punto de dar las diez cuando pasó la patrulla con sus
alabardas y una linterna, frotándose las manos, y no vio nada
sospechoso en el cementerio.
Sin embargo, había una casita, apoyada contra el muro del cementerio,
cuyos ocupantes seguían despiertos, y con intenciones nada buenas, en
aquel barrio de durmientes. Nada parecía indicarlo desde fuera, salvo
la cálida humareda que salía por la chimenea, una mancha de nieve
fundida en el tejado y unas pisadas medio borradas que había junto a
la puerta, pero dentro, tras los postigos cerrados, maese François
Villon, el poeta, y algunos de los rufianes con quienes se relacionaba
últimamente disfrutaban de la noche y se pasaban unos a otros la
botella.
Una pila de brasas encendidas difundía una luz fuerte y rojiza desde
el arco de la chimenea. Delante de ella estaba esparrancado don
Nicolás, el monje de Picardía, con los hábitos arremangados y las
piernas gruesas y desnudas expuestas al calor de la lumbre. Su silueta
oronda dividía en dos la habitación y la luz del fuego escapaba solo a
ambos lados de su rechoncha persona y por un pequeño charco que tenía
entre los pies. Su rostro tenía el aspecto rubicundo y amoratado de
los aficionados a la bebida, estaba cubierto por una red de venas
congestionadas, que, en condiciones normales, eran de color púrpura,
pero ahora tenían un tono más bien violeta pálido, pues, aunque estaba
de espaldas al fuego, el frío le remordía por el otro lado. Llevaba la
capucha echada hacia atrás, formando una extraña excrecencia a ambos
lados de su cuello de toro. Y, con las piernas abiertas de aquel modo,
dividía huraño la habitación en dos con la sombra de su corpulenta
figura.
A su derecha, Villon y Guy Tabary se apretujaban junto a un trozo de
pergamino: Villon componía una balada, que pensaba titular «Balada del
pescado asado», y Tabary balbucía su admiración a su lado. El poeta
era un despojo humano: moreno, bajo y delgado, con los pómulos
hundidos y el cabello fino y rizado. Sus veinticuatro años lo llenaban
de animación febril. La codicia había formado arrugas alrededor de sus
ojos y las sonrisas malévolas habían deformado su boca. Su rostro
tenía una expresión entre porcina y lobuna. Era una cara elocuente,
aguda, fea y mundana. Movía sin parar las manos pequeñas y prensiles
de dedos nudosos en una especie de violenta y expresiva pantomima. En
cuanto a Tabary, de su nariz aplastada y sus labios babosos emanaba
una imbecilidad complaciente y admirada: se había hecho ladrón, igual
que se podría haber convertido en el más honrado de los burgueses, por
culpa del imperioso azar que rige los destinos de los gansos y los
asnos humanos.
Al lado del monje, Montigny y Thevenin Pensete jugaban a un juego de
azar. Al primero lo rodeaba una especie de halo de erudición y buena
cuna, como el de un ángel caído; era un hombre esbelto y elegante,
aunque de rostro un tanto oscuro y aguileño. El pobre Thevenin estaba
muy animado: esa tarde había dado un golpe en el faubourg Saint
Jacques y, por si fuera poco, llevaba toda la noche ganándole a
Montigny. Una sonrisa vacua iluminaba su rostro, su calva rosada
brillaba rodeada por una guirnalda de rizos rojizos y su protuberante
barriga se estremecía cuando se agachaba para recoger sus ganancias.
—¿Doble o nada? —preguntó Thevenin.
Montigny asintió con severidad.
—«Hay quien prefiere las cenas solemnes» —escribía Villon—. «Pan y
queso en bandeja de plata». O… o… ¡ayudadme, Guido!
Tabary soltó una risita.
«O perejil en un plato dorado», garabateó el poeta.
Fuera el viento arreciaba: empujaba la nieve a su paso y a veces
elevaba la voz en un grito victorioso y gemía en tono sepulcral por la
chimenea. La noche era cada vez más fría. Villon, frunciendo los
labios, imitó el sonido de las ráfagas con una especie de silbido que
casi parecía un gemido. El monje de Picardía detestaba aquel
inquietante talento del poeta.
—¿No oís cómo repiquetea la horca? —preguntó Villon—. Están bailando
una danza diabólica ahí arriba. ¡Bailad cuanto queráis, muchachos,
pero no penséis que así vais a entrar en calor! ¡Caramba! ¡Menuda
ráfaga! ¡Seguro que ha dado con alguien en el suelo! ¡Un níspero menos
en el nisperero! Don Nicolás, ¿creéis que hará frío esta noche en la
rue de Saint Denis?
Don Nicolás guiñó los grandes ojos y simuló estrangularse a la altura
de la nuez. Montfaucon, el gran y siniestro patíbulo de París, estaba
junto a la rue de Saint Denis, y la broma le había impresionado.
Tabary estalló en carcajadas al oír lo del nisperero, nunca había oído
nada tan gracioso, se llevó las manos a los costados sin parar de
reír. Villon le propinó un capirotazo en la nariz que convirtió su
risa en un ataque de tos.
—Dejaos de risas —exclamó Villon—, y pensad en algo que rime con «pescado».
—Doble o nada —insistió obstinado Montigny.
—Nada me complacerá más —repuso Thevenin.
—¿Queda algo en la botella? —preguntó el monje.
—Abrid otra —le espetó Villon—. ¿Cómo pensáis llenar ese corpachón y
esa cabezota de jabalí con unas pocas botellas? ¿Y cómo aspiráis a
ascender al cielo? ¿Cuántos ángeles creéis que habrá disponibles para
subir a un solo monje de Picardía? ¿O es que os tenéis por un segundo
Elías y pensáis que enviarán un carruaje a buscaros?
—Hominibus impossibile —replicó el monje mientras se llenaba la copa.
Tabary estaba extasiado.
Villon volvió a atizarle en la nariz.
—Reíos de mis chistes si queréis —dijo.
—Ese era muy bueno —objetó Tabary.
Villon le hizo una mueca.
—Pensad en algo que rime con «pescado» —repitió—. ¿Qué sabéis vos de
latines? Desearéis no saber nada cuando el Día del Juicio el diablo
llame a «Guido Tabary, clericus», el diablo jorobado y de uñas
ardientes. Y, hablando del diablo —añadió en un susurro—, ¡mirad a
Montigny!
Los tres miraron a hurtadillas al jugador. No parecía muy contento con
su suerte. Contraía la boca y se le había inflamado una de las aletas
de la nariz. Tenía la negra, como dice la gente, y jadeaba bajo tan
pesada carga.
—Parece que quisiera apuñalarle —murmuró Tabary con los ojos muy abiertos.
El monje se estremeció, se volvió y extendió las manos delante de las
brasas. A don Nicolás le afectaba más el frío que el exceso de
sensibilidad moral.
—Vamos —insistió Villon—, ¿qué dice la balada hasta ahora?
Y, marcando el compás con la mano, se la leyó en voz alta a Tabary.
Al llegar a la cuarta rima les interrumpió un breve y fatal movimiento
de los jugadores. Habían acabado la ronda, y Thevenin estaba a punto
de proclamar otra victoria cuando Montigny saltó sobre él con la
rapidez de una víbora y le apuñaló en el corazón. El golpe hizo efecto
antes de que pudiera dar un grito o mover un dedo. Su cuerpo tembló un
par de veces, sus manos se abrieron y se cerraron, los talones rozaron
contra el suelo, la cabeza cayó sobre el hombro con los ojos abiertos
y el espíritu de Thevenin Pensete regresó con su Creador.
Los demás se pusieron en pie de un salto, pero todo concluyó en un
santiamén. Los cuatro vivos se miraron unos a otros espantados y el
muerto se quedó con la vista clavada en un rincón del techo con un
rictus extraño y desagradable.
—¡Dios mío! —dijo Tabary, y empezó a rezar en latín.
Villon estalló en carcajadas histéricas. Se adelantó un paso, hizo una
burlona reverencia delante de Thevenin y se rio todavía más fuerte.
Luego se sentó de pronto en un taburete y siguió riéndose con
amargura, casi a punto de desternillarse.
Montigny fue el primero en recobrar la compostura.
—Veamos qué es lo que lleva encima —exclamó, y vació los bolsillos del
muerto con manos hábiles y dividió el dinero en cuatro partes iguales
sobre la mesa—. Ahí tenéis lo vuestro —afirmó.
El monje cogió su parte con un profundo suspiro y una mirada furtiva
al difunto Thevenin, que empezaba a caerse de la silla.
—Todos estamos metidos en esto —gritó Villon, tragándose la risa—.
Pueden enviarnos a la horca a todos los presentes… por no decir los
ausentes.
Hizo un gesto en el aire con la mano derecha levantada y sacó la
lengua y ladeó la cabeza para imitar la apariencia de un ahorcado.
Luego se embolsó su parte del expolio y dio unas patadas en el suelo
para reactivar la circulación.
Tabary fue el último en servirse: cogió el dinero y se apartó al otro
extremo de la habitación.
Montigny sentó a Thevenin derecho en la silla y sacó la daga dejando
brotar un chorro de sangre.
—Será mejor largarse de aquí —dijo mientras limpiaba la hoja en el
jubón de su víctima.
—Eso mismo pienso yo —replicó Villon tragando saliva—. ¡Maldita sea su
estampa! —estalló—. Se me ha quedado atravesado en la garganta como
una flema. ¿Qué derecho tiene nadie a tener el pelo rojo cuando está
muerto?
Y volvió a desplomarse en el taburete y a cubrirse el rostro con las manos.
Montigny y don Nicolás se rieron en voz alta e incluso Tabary se les
unió tímidamente.
—Es un llorón —dijo el monje.
—Siempre dije que era una mujer —añadió Montigny con desdén—. Y tú,
¿es que no sabes sentarte? —añadió dándole otra sacudida al cadáver—.
¡Apaga el fuego, Nick!
Pero Nick estaba muy ocupado robándole discretamente la bolsa a
Villon, aprovechando que el poeta estaba tembloroso y abatido en el
taburete donde tres minutos antes componía una balada. Montigny y
Tabary reclamaron por señas su parte del botín, y el monje se lo
prometió sin decir nada, mientras introducía la bolsa entre sus
hábitos. En muchos sentidos, una naturaleza artística incapacita al
hombre para la vida práctica.
Justo después de consumarse el robo, Villon se estremeció, se puso en
pie y empezó a esparcir y pisotear las brasas. Entretanto Montigny
abrió la puerta y escudriñó la calle con cautela. Todo estaba
despejado: no había ninguna patrulla a la vista. Aun así, decidieron
que sería más sensato salir por separado, y como Villon estaba
deseando alejarse del difunto Thevenin, y los demás estaban todavía
más ansiosos por deshacerse de él antes de que descubriera la pérdida
del dinero, todos estuvieron de acuerdo en que él saliera primero a la
calle.
El viento había triunfado y barrido las nubes del cielo. Tan solo unos
pocos jirones, tan finos como la luz de la luna, seguían moviéndose a
toda prisa entre las estrellas. Hacía mucho frío y, por un frecuente
efecto óptico, las cosas parecían tener un contorno mejor definido que
a pleno día. Un silencio absoluto reinaba en la ciudad dormida, que
recordaba a un grupo de personas con capuchas blancas, o a unos Alpes
en miniatura bajo las estrellas. Villon maldijo su suerte. ¡Si al
menos no hubiera cesado de nevar! Ahora dejaría, allí donde fuera, un
rastro indeleble tras de sí en las calles relucientes, un rastro que
lo ataría a la casa junto al cementerio de San Juan, y sus propios
pies trenzarían así la soga que lo relacionaría con el crimen y lo
conduciría al patíbulo. La mirada del muerto cobró un nuevo
significado. Chasqueó los dedos como para darse ánimos, escogió una
calle al azar y avanzó decidido sobre la nieve.
Dos cosas le preocupaban: por un lado, el aspecto del patíbulo de
Montfaucon en aquella noche ventosa y, por el otro, el aspecto del
difunto con la cabeza calva y la guirnalda de rizos pelirrojos. Ambas
cosas le helaban el corazón, y empezó a andar más deprisa como si
pudiera escapar de sus desagradables pensamientos solo por la ligereza
de sus pies. A veces miraba por encima del hombro con un súbito
sobresalto, pero en las calles blancas no se movía ni una hoja, salvo
cuando el viento se arremolinaba en un rincón y levantaba la nieve,
que empezaba a congelarse, formando un surtidor de polvo brillante.
De pronto vio, muy por delante de donde él estaba, un grupo oscuro y
la luz de un par de linternas. El grupo se movía y las linternas se
balanceaban como si los hombres que las llevaban estuviesen andando.
Era una patrulla. Y, aunque estaba cruzando perpendicularmente al
sentido de su marcha, Villon juzgó que lo más inteligente era
perderlos de vista lo antes posible. No estaba de humor para responder
a sus preguntas, y era consciente de estar dejando un rastro muy claro
sobre la nieve. Justo a su izquierda había un gran palacio con varias
torres y un enorme porche delante de la puerta, recordó que estaba
medio en ruinas y llevaba mucho tiempo deshabitado, así que con tres
zancadas se refugió bajo el porche. Comparado con el resplandor de las
calles cubiertas de nieve, estaba bastante oscuro y tuvo que andar a
tientas con las manos extendidas. Por fin tropezó con algo que tenía
una textura indescriptible: dura y blanda, firme y suelta a la vez. El
corazón le dio un vuelco, retrocedió un par de pasos y contempló
aterrado el obstáculo. Luego soltó una risita de alivio. Era solo una
mujer, y estaba muerta. Se arrodilló junto a ella para asegurarse.
Estaba helada y rígida como un palo. Un jirón de tela aleteaba al
viento en su pelo, y se había puesto colorete en las mejillas esa
misma tarde. Tenía los bolsillos vacíos, pero en sus medias, por
debajo de la liga, Villon encontró dos o tres moneditas de las que la
gente llamaba «blancas». Era muy poco, pero mejor que nada, y al poeta
le conmovió profundamente que hubiera muerto antes de gastarse el
dinero. Le pareció un oscuro y lamentable misterio, y paseó la mirada
de las monedas que tenía en la mano al cadáver de la mujer, y luego
otra vez a las monedas, moviendo la cabeza al pensar en lo enigmática
que es la vida del hombre. Enrique V de Inglaterra, muerto en
Vincennes justo después de conquistar Francia, y esta pobre mujerzuela
abatida por un viento frío en el umbral de un potentado antes de poder
gastarse un par de blancas… el mundo era cruel. Dilapidar dos blancas
no le habría costado nada, y le habría dejado mejor sabor de boca,
antes de que el demonio se llevara su alma y su cuerpo fuera pasto de
los cuervos y los gusanos. Ojalá él pudiera gastar todo el sebo antes
de que se apagara su luz y se rompiera la lámpara.
Mientras esas ideas cruzaban por su imaginación, se tentó
mecánicamente la ropa en busca de la bolsa. De pronto, se le encogió
el corazón y sintió cómo le recorría de pies a cabeza un escalofrío.
Se quedó petrificado un instante y volvió a tentarse la ropa con un
movimiento febril: por fin comprendió el alcance de la pérdida y el
cuerpo se le empapó de sudor. Para los derrochadores el dinero es tan
vivo y real…, ¡representa un velo tan tenue entre ellos y sus
placeres! Solo hay un límite a su fortuna: el tiempo, y un derrochador
con solo unas pocas coronas se siente como el mismísimo emperador de
Roma hasta que las ha gastado. Para esas personas perder su dinero es
el peor de los reveses y equivale a caer del cielo al infierno, del
todo a la nada, en un suspiro. ¡Y más aún si ha arriesgado el cuello
por él y podrían colgarle al día siguiente por esa misma bolsa, ganada
a tan alto precio y tan tontamente extraviada! Villon soltó una
maldición, arrojó las dos blancas al suelo, alzó el puño al cielo,
pataleó y no se horrorizó de pisotear el pobre cadáver. Luego volvió
sobre sus pasos en dirección a la casa junto al cementerio. Había
olvidado el temor a la patrulla, que en todo caso hacía mucho que se
había ido, y solo pensaba en su bolsa extraviada. En vano miró a
izquierda y a derecha en la nieve: allí no había nada. Si no se le
había caído por la calle, ¿la habría perdido en la casa? Le habría
gustado ir a comprobarlo, pero le desazonaba pensar en su siniestro
ocupante. Y, por si fuera poco, al acercarse, comprobó que sus
esfuerzos por apagar el fuego no habían tenido éxito: al contrario, se
había reavivado y una luz cambiante se colaba por las ranuras de la
puerta y la ventana, con lo que creció su temor por las autoridades y
el patíbulo de París.
Volvió al porche del palacio y buscó a tientas en la nieve el dinero
que había tirado al suelo presa de una rabieta infantil. Pero solo
pudo encontrar una blanca, la otra debía de haber caído de lado y se
habría enterrado profundamente. Con solo una blanca en el bolsillo,
sus proyectos de pasar la noche de juerga en una taberna se
desvanecieron. Y no solo era que el placer se le escurriera burlón de
entre los dedos, sino que la incomodidad y el dolor le afligieron
mientras estaba en aquel porche. El sudor se había secado sobre su
piel, y, aunque el viento había amainado, estaba cayendo una helada
terrible y se sintió entumecido y mareado. ¿Qué podía hacer? A pesar
de lo tarde que era y de sus escasas esperanzas, decidió visitar a su
padre adoptivo, el capellán de Saint Benoît.
Corrió allí a toda prisa y llamó tímidamente a la puerta. No hubo
respuesta. Llamó una y otra vez, y por fin oyó el ruido de unos pasos.
Una ventanilla con barrotes se abrió en la puerta remachada de hierro
y dejó salir un chorro de luz amarilla.
—Acercad vuestro rostro a la ventanilla —dijo el capellán desde dentro.
—Soy yo —gimoteó Villon.
—¡Ah!, conque sois vos, ¿eh? —replicó el capellán, y lo maldijo con
varios juramentos nada devotos por molestarle a esas horas y le animó
a volver al infierno de donde procedía.
—Tengo las manos amoratadas hasta las muñecas —imploró Villon—, no
siento los pies, me duele la nariz del frío y estoy casi helado.
Mañana estaré muerto. ¡Solo esta vez, padre, y por Dios que no volveré
a pedíroslo!
—Tendríais que haber venido antes —respondió fríamente el clérigo—.
Los jóvenes necesitan que les den una lección de vez en cuando.
Cerró la ventana y se retiró haciendo ruido al interior de la casa.
Villon se puso fuera de sí, golpeó la puerta con los puños y los pies
y le gritó groseramente al capellán.
—¡Viejo zorro rastrero! —gritó—. Si pudiera echarte la mano encima te
mandaría de cabeza al infierno ahora mismo.
Una puerta se cerró al final de un pasillo en el interior de la casa,
con un sonido casi inaudible para el poeta. Se puso la mano en la boca
con un juramento. Luego reparó en lo cómico de la situación y rompió a
reír y miró aliviado hacia el cielo, donde las estrellas parecían
burlarse de su desdicha.
¿Qué podía hacer? Todo parecía indicar que tendría que pasar la noche
en las calles heladas. El recuerdo de la mujer muerta acudió a su
memoria y le produjo un escalofrío: lo que le había ocurrido a ella al
empezar la noche podría pasarle a él antes de que amaneciera. ¡Y él
era tan joven! ¡Y tenía tantas diversiones por delante! Sintió su
propio destino con tanto patetismo como si fuera el de otro e imaginó
vívidamente la estampa de la escena cuando encontraran su cadáver por
la mañana.
Repasó sus posibilidades mientras le daba vueltas a la blanca con el
índice y el pulgar. Por desgracia, se había enemistado con varios
antiguos amigos que en otro tiempo se habrían apiadado de él en esas
circunstancias. Los había ridiculizado en sus versos, les había
estafado y golpeado, y, sin embargo, al verse tan apurado, pensó que
quedaba al menos uno que tal vez pudiera enternecerse. Era una
posibilidad. Valía la pena intentarlo al menos, y decidió ir a verle.
De camino, le ocurrieron dos pequeños incidentes que dieron un nuevo
cariz a sus pensamientos. En primer lugar, se topó con el rastro de
una patrulla, y lo siguió varios cientos de metros, aunque iba en
dirección opuesta. Eso le animó un poco: al menos había confundido su
rastro, pues seguía dominado por la idea de que le estaban siguiendo
por todo París y que lo detendrían a la mañana siguiente, en cuanto
despertara. El otro incidente le afectó de forma muy diferente. Pasó
por una esquina donde, unos años antes, una mujer y su hijo habían
sido devorados por los lobos. Con aquel tiempo, pensó, los lobos
podrían volver a entrar en París, y un hombre solo en las calles
desiertas podría salir malparado. Se detuvo y contempló el lugar con
desagradable interés: en él se cruzaban varias callejas y las miró una
por una, y contuvo el aliento para escuchar, por si oía los pasos de
unas formas negras sobre la nieve o algún aullido cerca del río.
Recordó que su madre le había contado la historia y le había mostrado
aquel lugar cuando era niño. ¡Su madre! Si al menos supiera dónde
vivía, al menos tendría un refugio garantizado. Decidió averiguarlo
por la mañana; es más, iría a visitarla, ¡pobre mujer! Mientras lo
pensaba, llegó a su destino: su última esperanza para aquella noche.
La casa, al igual que las que había al lado, estaba bastante oscura, y
sin embargo, después de llamar varias veces, oyó movimiento en el piso
de arriba, una puerta que se abría y una voz cautelosa que preguntaba
quién andaba ahí. El poeta se identificó con un susurro y esperó, no
sin ansiedad, el resultado. No tuvo que aguardar mucho. De pronto se
abrió una ventana y vaciaron un cubo lleno de agua sucia sobre la
entrada. Villon se había preparado para algo parecido, y se había
refugiado todo lo posible en el porche, pero a pesar de todo se empapó
tristemente por debajo de la cintura. Sus medias empezaron a
congelarse casi de inmediato. La muerte de frío a la intemperie le
seguía de cerca, recordó que tenía propensión a contraer la tisis, y
tosió un poco a modo de prueba. Sin embargo, la gravedad del peligro
le calmó los nervios. Se detuvo a unos cien metros de la casa donde lo
habían maltratado de aquel modo y se puso a meditar con la nariz
apoyada en el dedo. Solo se le ocurría un modo de conseguir
alojamiento, y era por la fuerza. Había reparado en una casa, no muy
lejos, en la que parecía fácil colarse, y, sin pensarlo dos veces,
dirigió sus pasos hacia allí, distrayéndose por el camino con la idea
de una habitación todavía caldeada y con los restos de la cena sobre
la mesa, donde podría pasar el resto de la noche, y de donde se
marcharía por la mañana con una valiosa bandeja de plata bajo el
brazo. Incluso consideró los manjares y vinos que preferiría, y
mientras pasaba lista a sus platos favoritos recordó el pescado asado
con una extraña mezcla de horror y diversión.
«Nunca terminaré esa balada», pensó, y luego, volviendo a estremecerse
al recordarlo, escupió en la nieve y repitió fervientemente:
—¡Maldita sea su estampa!
A primera vista, la casa en cuestión parecía a oscuras, pero mientras
hacía una inspección preliminar en busca de un punto débil por donde
asaltarla, Villon vio un débil resplandor detrás de una cortina.
«¡Demonios! —pensó—. ¡Hay gente despierta! ¡Algún estudiante o un
santo, malditos sean todos! ¿Es que no pueden emborracharse y tumbarse
a roncar como sus vecinos? ¿De qué sirven el toque de queda y esos
pobres diablos de los campaneros que tiran de las sogas en los
campanarios? ¿De qué sirve el día, si la gente se pasa la noche
despierta? ¡Mal rayo les parta! —Al reparar adónde le conducía su
lógica esbozó una sonrisa—. Cada cual a lo suyo, después de todo —se
dijo—, y si están despiertos, por Dios que todavía puedo cenar de
forma honrada por una vez y chasquear así al demonio».
Fue directo a la puerta y llamó con mano firme. Las dos ocasiones
anteriores había golpeado con timidez, como si temiera llamar la
atención, pero ahora que acababa de descartar la idea de colarse allí
furtivamente, llamar a una puerta le pareció un acto de lo más
sencillo e inocente. Los golpes resonaron en la casa con una leve y
espectral reverberación, como si estuviese vacía, pero el ruido no se
había extinguido todavía cuando oyó unos pasos mesurados que se
acercaban, descorrieron un par de cerrojos y abrieron la puerta de par
en par, como si los de dentro no temieran a nada ni a nadie. Un hombre
alto, enjuto y musculoso, aunque un poco encorvado, recibió a Villon.
Su cabeza era enorme, pero de facciones refinadas: la nariz, gruesa en
la base, se estilizaba al unirse a un par de cejas fuertes y honestas,
la boca y los ojos estaban bien contorneados, y una espesa barba
blanca y cuadrada rodeaba su rostro. Vista a la débil luz del candil,
parecía tal vez más noble de lo que era en realidad, pero era un
semblante más honrado que inteligente, fuerte, sencillo y virtuoso.
—Llamáis tarde, señor —dijo el anciano en tono cortés y tonante.
Villon hizo una reverencia y se deshizo en serviles palabras de
disculpa; en situaciones así siempre sacaba al mendigo que llevaba
dentro, y el hombre de genio agachaba confundido la cabeza.
—Tenéis frío —repitió el anciano— y debéis de estar hambriento. Pasad, pasad.
Y le animó a entrar con un noble gesto.
«Debe de ser algún gran señor», pensó Villon, mientras su anfitrión,
dejando el candil en las losas del suelo de la entrada, volvía a
correr los cerrojos.
—Disculpad que pase delante —dijo al terminar, y condujo al poeta al
piso de arriba a una gran habitación, caldeada con un brasero de
carbón e iluminada por una enorme lámpara que colgaba del techo.
Casi no había muebles, tan solo algunos platos dorados sobre un
aparador, unos cuantos infolios y una armadura entre las ventanas.
Hermosos tapices colgaban de las paredes: uno representaba la
crucifixión de nuestro Señor y otro una escena pastoril junto a un
arroyo. Sobre la chimenea había un escudo de armas.
—Tomad asiento —dijo el anciano—, y perdonad que os deje solo. Esta
noche no hay nadie más en mi casa, y si queréis comer algo tendré que
preparároslo yo mismo.
En cuanto su anfitrión se marchó, Villon saltó de la silla en la que
acababa de sentarse y empezó a inspeccionar la habitación con el
sigilo y la curiosidad de un gato. Sopesó en la mano los platos de
oro, hojeó los libros e inspeccionó las armas del escudo y la tela con
que estaban forradas las sillas. Apartó las cortinas y vio que las
ventanas eran vidrieras con escenas de guerra. Luego se plantó en
medio de la habitación, tomó aliento y, con las mejillas hinchadas,
miró en torno suyo girando sobre sus talones para grabar hasta el
último detalle de la habitación en su memoria.
—Siete platos —dijo—. Si hubiesen sido diez, habría corrido el riesgo.
Una gran casa y un gran señor, ¡que Dios me ayude!
Y justo en ese momento, al oír los pasos del anciano que volvía por el
pasillo, corrió a su silla y empezó a calentarse humildemente las
piernas húmedas en el brasero.
Su anfitrión llevaba un plato de carne en una mano y una jarra de vino
en la otra. Dejó el plato en la mesa y le hizo una seña a Villon para
que acercara la silla, luego cogió dos copas del aparador y los llenó.
—Brindo por que vuestra suerte mejore —dijo rozando, solemne, la copa
de Villon con la suya.
—Y yo por que lleguemos a conocernos mejor —respondió el poeta, con
atrevimiento.
Un hombre sencillo se habría acobardado ante la cortesía del anciano
caballero, pero Villon estaba acostumbrado, se había burlado de muchos
grandes señores y los tenía por unos granujas como él. Así que dio
cuenta de la comida con placer, mientras el anciano, recostándose en
su asiento, le observaba con ojos fijos y curiosos.
—Tenéis sangre en el hombro, amigo mío —apuntó.
Montigny debía de haberle puesto encima la mano ensangrentada cuando
salió de la casa. Lo maldijo de todo corazón.
—No la he derramado yo —balbució.
—No había supuesto tal cosa —repuso tranquilamente su anfitrión—. ¿Una riña?
—Bueno, algo parecido —admitió Villon con un escalofrío.
—¿Tal vez alguien fue asesinado?
—¡Oh, no, asesinado no! —respondió el poeta, cada vez más confundido—.
Fue juego limpio…, un asesinato accidental. Yo no tuve nada que ver.
¡Que Dios me condene si miento! —añadió fervientemente.
—Un canalla menos, me atrevería a decir —observó el dueño de la casa.
—Bien podéis decirlo —asintió Villon, muy aliviado—. El mayor canalla
de aquí a Roma. Estiró la pata como un corderito. Pero verlo fue muy
desagradable. Supongo que vos habréis visto morir a muchos, ¿no es
así, señor? —añadió mirando la armadura.
—A muchos —respondió el anciano—, he estado en la guerra, como imaginaréis.
Villon dejó el cuchillo y el tenedor que acababa de coger.
—¿Alguno era calvo? —preguntó.
—¡Oh, sí! Y con el cabello tan blanco como el mío.
—No creo que me importase mucho si lo hubiera tenido blanco —replicó
Villon—. Él era pelirrojo. —Y volvió a ser presa de los escalofríos y
la tendencia a la carcajada histérica, que ahogó con un gran trago de
vino—. Me incomoda un poco pensarlo —prosiguió—. Yo lo conocía…
¡maldito sea! Y el frío hace pensar unas cosas…, o quizá sea lo que
uno piensa lo que produce escalofríos, no estoy muy seguro.
—¿Tenéis dinero? —preguntó el anciano.
—Tengo una blanca —respondió riendo el poeta—. Se la quité a una
mujerzuela que encontré muerta en un portal. La pobre desgraciada
estaba tan difunta como mi abuela y más fría que un carámbano, y
llevaba unas cintas prendidas en el pelo. En invierno el mundo es muy
duro para las mujerzuelas, los lobos y los pícaros como yo.
—Yo soy Enguerrand de la Feuillée, señor de Brisetout, bailío de
Patatrac —replicó el anciano—. ¿Puedo saber quién sois y a qué os
dedicáis vos?
Villon se levantó e hizo una apropiada reverencia.
—Me llamo Francis Villon —dijo—, y soy un pobre licenciado de esta
universidad. Sé un poco de latín y mucho de vicios. Puedo componer
canciones, baladas, lais, virelais y rondeles, y me gusta mucho el
vino. Nací en un desván y es más que probable que muera en el
patíbulo. Permitidme añadir, señor, que, desde esta noche en adelante,
soy también vuestro siervo más abnegado.
—No sois mi siervo —respondió el caballero—, sino tan solo mi invitado
por esta noche.
—Un invitado muy agradecido —afirmó educadamente Villon, y brindó sin
decir palabra por su anfitrión.
—Sois listo —empezó el anciano, dándose un golpecito en la frente—,
muy listo, tenéis estudios, sois un erudito, y no obstante le quitáis
una blanca a una mujer muerta en la calle. ¿No es eso un robo?
—Un robo habitual en la guerra, señor.
—La guerra se libra en el campo del honor —replicó orgulloso el
anciano—. En ella uno se juega la vida combatiendo en nombre de Dios,
de los santos y arcángeles y de su majestad el rey.
—Pongamos que fuese verdaderamente un ladrón —insinuó Villon—, ¿no
estaría poniendo mi vida en peligro y con un riesgo aún mayor?
—Por obtener un beneficio, pero no por honor.
—¿Beneficio? —repitió Villon encogiéndose de hombros—. ¡Beneficio!
Cuando un pobre tiene hambre roba un poco de comida. Igual que hace el
soldado en campaña. ¿Qué son si no esas incautaciones de las que tanto
se habla? Si no son un beneficio para quien las hace, al menos suponen
un perjuicio para quien las padece. Los soldados beben junto al fuego,
mientras los ciudadanos pasan penurias para pagarles el vino y la
leña. He visto muchos campesinos colgando de los árboles; sí, una vez
vi a treinta colgando de un olmo, era una estampa lamentable, y cuando
le pregunté a alguien por qué los habían ahorcado, me contó que porque
no habían reunido bastantes coronas para contentar a los soldados.
—Eso son necesidades de la guerra que los de baja cuna deben soportar
con entereza. Es cierto que algunos capitanes tienen la mano demasiado
dura, en todos los rangos hay espíritus que no se dejan conmover
fácilmente por la piedad, y también lo es que muchos soldados son
peores que un hatajo de bandidos.
—Ya veis —replicó el poeta— que sois incapaz de separar al soldado del
bandido, ¿y qué es un ladrón sino un bandido de modales más comedidos?
Yo robo unas chuletas de cordero sin ni siquiera despertar a nadie, el
granjero gruñe un poco, pero cena de lo que queda. Vos llegáis al
glorioso son de las trompetas, os lleváis todo su rebaño, y de paso le
propináis una buena tunda. Yo no tengo trompeta, soy un don nadie, un
pícaro y un perro y merezco sinceramente que me ahorquen…, pero
preguntadle al granjero a quién de los dos prefiere, averiguad a quién
maldice en las noches frías.
—Considerad el ejemplo de nosotros dos —repuso su señoría—. Soy viejo,
fuerte y noble. Si mañana me echasen de mi casa, habría cientos que
estarían orgullosos de alojarme. Los pobres saldrían a pasar la noche
en la calle con sus hijos si les insinuara que quería estar solo. ¡En
cambio vos vagáis sin un techo donde dormir y le robáis unos céntimos
a una mujer muerta que encontráis en la calle! No temo a nada ni a
nadie, pero a vos acabo de veros temblar y empalidecer al oír una
palabra mía. Espero satisfecho mi hora en mi casa, o, si el rey tiene
a bien volver a llamarme, en el campo de batalla. Vos aspiráis al
patíbulo, una muerte rápida y desagradable sin esperanza ni honor.
¿Acaso no hay diferencia entre ambas cosas?
—Y muy grande —admitió Villon—. Pero, si yo hubiese nacido señor de
Brisetout y vos hubierais sido el pobre erudito Francis, ¿habría
habido menos diferencias? ¿No habría sido yo quien se calentaría las
rodillas en un brasero y vos quien buscaríais unas monedas en la
nieve? ¿No habría sido yo el soldado y vos el ladrón?
—¡Ladrón! —exclamó el anciano—. ¡Yo, ladrón! Si supierais lo que
decís, mediríais mejor vuestras palabras.
Villon extendió las manos en un gesto de inimitable desvergüenza.
—¡Si vuestra señoría me hubiese hecho el honor de seguir mi
argumentación! —se excusó.
—Ya os hago demasiado honor tolerando vuestra presencia —observó el
caballero—. Aprended a contener la lengua cuando habléis con hombres
ancianos y honorables, o alguien menos considerado que yo podría
reprenderos con más brusquedad.
Se levantó y empezó a andar por el extremo de la habitación lleno de
rabia y antipatía. Villon volvió a llenar la copa furtivamente, se
arrellanó en el asiento cruzando las piernas y reclinó la cabeza con
el codo apoyado en el respaldo. Estaba ahíto y caliente, y no temía lo
más mínimo a su anfitrión, a quien había juzgado tan bien como era
posible tratándose de dos personalidades tan diferentes. La noche casi
había pasado ya, y de modo muy agradable, después de todo, y estaba
moralmente convencido de que partiría sano y salvo por la mañana.
—Decidme una cosa —dijo el anciano, deteniéndose—. ¿De verdad sois un ladrón?
—Me acojo a la sagrada ley de la hospitalidad —replicó el poeta—. Sí,
señor, lo soy.
—Sois muy joven —prosiguió el caballero.
—Nunca habría llegado a ser tan viejo —respondió Villon mostrándole
los dedos—, si no hubiese contado con mi ingenio y la ayuda de estos
diez talentos. Han sido como un padre y una madre para mí.
—Aún estáis a tiempo de cambiar y arrepentiros.
—Me arrepiento a diario —dijo el poeta—. Hay poca gente tan proclive
al arrepentimiento como el pobre Francis. En cuanto a lo de cambiar,
dejad que alguien cambie mis circunstancias. Uno tiene que comer,
aunque solo sea para seguir arrepintiéndose.
—El arrepentimiento nace del corazón —repuso con solemnidad el anciano.
—Mi querido señor —respondió Villon—, ¿de verdad pensáis que robo por
placer? Odio tener que robar, como odio hacer cualquier otra cosa
cansada o peligrosa. Me castañetean los dientes cuando veo un
patíbulo. Pero tengo que comer, tengo que beber y tengo que
relacionarme con alguien. ¡Qué demonios! El hombre no es un animal
solitario… Cui Deus faeminam tradit. Hacedme despensero real,
nombradme abad de Saint Denis, convertidme en bailío de Patatrac y os
prometo que cambiaré. Pero mientras siga siendo el pobre erudito
Francis Villon, sin un céntimo en el bolsillo, no tendré otro remedio
que seguir siendo el mismo.
—La gracia de Dios es todopoderosa.
—Sería herético cuestionarla —afirmó Francis—. A vos os ha hecho señor
de Brisetout y bailío de Patatrac, a mí solo me ha dado mi ingenio y
estos diez dedos que tengo en las manos. ¿Os importa si me sirvo más
vino? Os lo agradezco respetuosamente. Por la gracia de Dios que
tenéis un reserva excelente.
El señor de Brisetout siguió paseando de aquí para allá con las manos
a la espalda. Tal vez su espíritu siguiera inquieto por aquel
paralelismo entre los ladrones y los soldados, quizá Villon le
interesase debido a algún tipo de simpatía espuria o puede que
estuviera confuso por aquellos razonamientos tan poco convencionales,
pero cualquiera que fuese el motivo ansiaba convencer al joven de que
volviese al camino recto y no se decidía a enviarlo de vuelta a las
calles.
—Veo algo más en todo esto —dijo por fin—. Estáis lleno de sutilezas y
el diablo os ha extraviado mucho, pero el diablo es un espíritu muy
débil comparado con la verdad divina, y todas sus sutilezas se
desvanecen ante una palabra honorable como las tinieblas al llegar el
día. Escuchadme una vez más. Hace mucho que aprendí que un caballero
debe vivir recta y caballerosamente por Dios, el rey y su dama, y,
aunque he visto muchas cosas extrañas, he logrado regir mi vida por
esa norma. No solo está escrita en cualquier historia noble, sino en
el corazón de cada hombre que se tome la molestia de leerla. Habláis
de vino y comida, y sé muy bien que el hambre es una prueba difícil de
soportar, pero no os referís a otras necesidades: no decís nada del
honor, de la fe en Dios y los hombres, de la cortesía, del amor
intachable. Puede que yo no sea muy sabio, aunque creo serlo, pero me
parecéis alguien que ha extraviado el camino y ha cometido un grave
error en su vida. Atendéis a las pequeñas necesidades y habéis
olvidado por completo las únicas que son verdaderamente importantes,
como alguien que se quejara de un dolor de muelas en el Día del
Juicio. El honor, el amor y la fe no solo son más nobles que la comida
y la bebida, sino que estoy convencido de que nos son más necesarias y
de que su ausencia nos produce más sufrimientos. Os hablo del modo que
mejor podréis entenderme. ¿No estaréis descuidando, al ocuparos solo
de tener la panza llena, otros apetitos de vuestro corazón, lo que os
impide disfrutar de los verdaderos placeres de la vida y os hace
continuamente desdichado?
A Villon le picó en lo vivo aquel sermón.
—¡Creéis que no tengo sentido del honor! —exclamó—. ¡Dios sabe que soy
pobre! Es triste ver a los ricos con sus guantes cuando tú no tienes
cómo calentarte las manos. Un estómago vacío es algo muy amargo,
aunque vos habléis de ello con tanta ligereza. Si hubierais pasado
tanta hambre como yo, quizá cambiaríais de idea. Sea como fuere, soy
un ladrón, y a mucha honra, pero no un demonio salido del infierno,
que Dios me perdone. Debéis saber que tengo un honor propio, y tan
bueno como el vuestro, aunque no me paso el día jactándome de él, como
si fuese un milagro divino. A mí me parece muy natural, y lo guardo en
su caja hasta que lo necesito. Mirad, ¿cuánto tiempo he pasado con vos
en esta habitación? ¿Acaso no me habéis dicho que estáis solo en la
casa? ¡Mirad esa vajilla de oro! Admito que sois fuerte, pero también
sois viejo y estáis desarmado, y yo tengo mi cuchillo. ¡Un solo golpe
y tendríais mi acero en las tripas, y yo me pasearía por las calles
con unas copas de oro! ¿Es que creéis que no lo he pensado? Y he
descartado la idea. Ahí tenéis vuestras malditas copas, tan seguras
como en una iglesia, ahí seguís vos, vivo y coleando, y aquí estoy yo,
¡dispuesto a marcharme tan pobre como vine con mi única blanca que vos
despreciasteis hace un rato! Y pensáis que no tengo sentido del honor…
¡Que Dios me perdone!
El anciano extendió el brazo derecho.
—Os diré lo que sois —dijo—. Un bribón, amigo mío, un vil bribón y un
vagabundo desvergonzado. He pasado una hora con vos. ¡Oh! ¡Creed que
me avergüenzo por ello! Habéis comido y bebido en mi mesa. Pero ya me
he hartado de vuestra presencia, el día ha llegado y el ave nocturna
debe volver a su rama. ¿Queréis tener la bondad de marcharos?
—Como gustéis —replicó el poeta levantándose de la silla—. Creo que
sois estrictamente honorable. —Vació pensativo su copa—. Ojalá pudiera
añadir que también sois inteligente —prosiguió golpeándose la cabeza
con los nudillos—. ¡Los años, los años! Con ellos el espíritu se
vuelve rígido y reumático.
El anciano le precedió por pundonor, Villon le siguió silbando con los
pulgares en el cinto.
—Que Dios se apiade de vos —le dijo el señor de Brisetout en la puerta.
—Adiós, abuelo —replicó Villon con un bostezo—. Y gracias por el cordero.
La puerta se cerró a sus espaldas. La mañana despuntaba sobre los
blancos tejados. Un amanecer gélido anunciaba la llegada del día.
Villon se desperezó animado en medio de la calle.
«Qué anciano tan obtuso —pensó—. Me pregunto cuánto valdrán esas copas».


Un sitio donde pasar la noche.
Robert Louis Stevenson.

Traducción: Miguel Temprano García.

LECTURAS DESTACADAS

La reserva / David verdejo.  (Entrevistado del 5 de Junio)

De toda la estepa ocre que regaba los campos de la Argentina, la reserva de Santa Rosalía era, sin duda, la más extensa. Pero tenía un peligro: su desaparición. El único gaucho vivo que velaba por aquel terreno andaba viejo. Ya no viejo de edad, que pasaba los sesenta años con facilidad, sino cansado, melancólico y triste. Un tipo erguido por el orgullo pero débil por la pena. Se hacía llamar “el Antonio” cuando le conocí, halla por los tiempos donde buscar a un tipo como este significaba horas a caballo, atravesando grandes extensiones de ramas secas que arañaban las pezuñas del equino y provocaban largas sesiones de curas en los establos. Ahora es más fácil porque todos los ganaderos llevan un móvil con GPS y el gobierno ha instalado repetidores por toda la pampa, hecho que generó muchos conflictos en el momento de la implantación. Pero aquellos días previos a la resolución del problema, Santa Rosalía se mantuvo hermosa y funcional hasta las puertas del nuevo siglo, cuando “el Antonio” tomó una decisión. El viejo gaucho intentó por todos los medios conservar el nivel de producción que había sostenido su padre y el padre de su padre, sin éxito. ¿Por qué? Resultó que durante la primavera de 1953, el Antonio viajó a la capital, por primera vez en toda su vida. Aunque la finca daba buena cantidad de pesos durante toda su existencia, su padre, un tipo duro, violento y autoritario, le había prohibido viajar a Buenos Aires con la excusa de “la seguridad”.

            Antonio no fue a la escuela, su padre pensaba que no era necesario porque todo lo que debía saber lo aprendería con el sudor de su frente y la sangre de sus nudillos. Tampoco conoció a mujer alguna ya que la relación con ellas fue demonizada por su progenitor, metiéndole ideas oscuras en la cabeza sobre aquellas señoritas que rondaban los campos cual marabunta de chinches que suben por las piernas sin poder evitarlo, provocando un picor insufrible. Y creció en la ignorancia de los números, en impregnado de prejuicios que le generó grandes enemistades y pocos amigos. Uno de ellos, el Potro, era un tipo regordete, enjuto y encorvado que vendía tabaco y licor a granel. Entre los dos compartieron noches de borracheras y exabruptos mientras el negocio duró. Pero un día de diciembre, cuando el viento de la Pampa corta la piel como un cuchillo afilado, el Potro se acercó a la casa de Antonio para despedirse, sin decir nada, sin ofrecer alguna respuesta de aquella extraña partida más que un paquete delgado y largo que le entregó bajo el cerco de la puerta principal.

            Con el tiempo, Antonio se enteró que el Potro fue a morir a un hospital de la capital. El cáncer de pulmón lo consumió y cada aniversario de aquella despedida, el viejo gaucho tocaba la flauta que su amigo le regaló esa noche.

            Desde entonces, los campos se volvieron grises, secos y estériles. El viejo gaucho se volvió más viejo si cabe y el tiempo se posó sobre él dejando una capa de polvo que ocultaba su piel, arrugaba su rostro y entristecía su mirada. Y así llegó el día en que Antonio dejó de mirar a través del cristal de sus gafas. La ausencia de su amigo le convirtió en un tipo demasiado tranquilo, confiado aunque inseguro y triste.

Y de tristeza decidió, un día de febrero, acabar con todo, viajando a la capital para poner en venta la reserva Santa Rosalía a cualquier precio y comprar un billete para Tierra de Fuego.

 
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POESÍA DE LOS PÁJAROS PINTADOS / FERNANDO CHELLE

YO LÍRICO

 

cazador de recuerdos

de fragancias pasadas

avaro de ese cofre

donde descansa tu nombre

tallado a punta de diamante.

 

Poeta de un río, negro

como el abismo

y dulce como el oboe

alfarero de esa bohemia

hechicera de paso lento

ojos de fuego y manos de tierra.

 

Poeta del humo

cobijo del amor

que duerme y sueña,

descansa

en su nervio de ceniza alada.

 

 

CALLES DE MI CIUDAD 

En estas calles de la ciudad mía,

y extranjero en las calles de mi ciudad

yo tuve patria donde corre el Negro

por entre verdes islas

y fantasmas de viejos eucaliptos.

"DESDE EL FONDO DE LOS OJOS"/ VERÓNICA ISHTAR ORTÍS

 

Sabes...

Nunca jamás te lo he dicho

y nadie aún sabe donde habitas..

Sin embargo,

desde el fondo de los ojos

desde lo hondo de la mirada mas enamorada,

de quien hoy te dice que te ama,

que se asombra y se admira

tras la mirada mas grande en el cielo,

y mas luminosa que el océano...Tú!

 

Te descubrí con insistencia atravez del tiempo.

Que resultó imposible no enamorarme...

Sin embargo,

Esos ojos que te miran en silencio,

¡TE DICEN TANTAS COSAS!

Esos ojos cantan que eres tú...

Lo infinito en el firmamento, en cada encuentro.

El incendio del verano, con un verso en tu mano.

La brasa incandescente, cuando en silencio beso tu frente.

 

Esos ojos que te cantan

con el alma blanca;

La lluvia que danza en la primavera,

y te invita a soñar con ellos hacia la eternidad,

barrida por los sueños

traspasada de inocencia...

Desde el fondo de los ojos.

 

Esos ojos,¡TE DICEN TANTAS COSAS!

Eres tú lo que ellos dicen,

a ti es a quien revelan

desde el fondo de los ojos

cuanto te esperan.

PROSA A LA MESA / HÉCTOR H. RENDÓN

Silente compañera de mis mejores días; tu cuerpo oscuro y ovalado soporta mis noches largas como tu origen, recibiendo, complacida y sin enojo, mis lamentos de quejumbrosas notas. Por ti inventé mil lunas que alumbraron los ríos de tinta por donde se deslizaba, indócil, mi pluma. La madera de tu linaje ancestral me inspira y cautiva; los átomos cohesionados, dan dureza a tu cuerpo cual impenetrable armadura; provienes del árbol inmenso de la tierra que grita su dolor y pesar; se lamenta el cielo cuando la noche alza su voz como alma de niña solitaria; aquietada y muda  permaneces en las tinieblas enamorando a desprevenidas luciérnagas y a traviesos pájaros carpintero.

Has sido mi intérprete cuando las palabras se enredan en mis dedos;  has sido el ovillo de Ariadna cuando me encuentro extraviado en esta profusión de palabras a las que no puedo dar vida; tu piel lustrosa reclama de mis manos movimientos cadenciosos y precisos que den forma a ese verso inacabado; es decir, eres todo lo que tengo…, lo que me queda.

Antes de entregarte a la quietud del sueño, espero que el peso de mis sueños no te convierta en congoja y puedas mantenerte en pié, vigilante, irrestricta.

DESDE LA TORRE/ BEATRIZ MARTÍNEZ

España con miedo y muerte, con hambre y el dolor más grande, la guerra entre hermanos de la misma sangre. Tiempo de persecución, de fusilamientos en plena calle... A los hombres de pensamiento había que borrarlos. Y Joaquín Mora Iribarne era uno más de esa lista. Escritor, periodista, implacable con su pluma y sus ideas. Amigo de Federico, de Miguel Hernández.

Pero ¿dónde estaba Joaquín? Sus escritos circulaban en la clandestinidad. Hacía rato que lo buscaban. Los afiches rezaban: Recompensa...¿Dónde está Joaquín?

El Alcázar de Granada elevaba su gran torre de piedra milenaria, construida por los moros...Mudo testigo del horror que la rodeaba. Sólo habitaban algunas palomas en lo alto de la torre. Tenía un guardián, el Curro y su secreto. Él era el único que allí entraba. Nada había en esa torre de frías piedras, sólo palomas en lo alto, el Curro y su secreto.

La pesada puerta se cerró con ruido de cadenas y cerrojo tras el Curro...

-Joaquín, baja ya, soy el Curro. –Voy-

-He traído pan Joaquín. Pan y mierda.

-¿Qué dices hombre?

-Han matado a Federico.

Sus pechos se golpearon en un abrazo. Un sollozo ahogado trepó golpeando las piedras hasta perderse en lo alto...Cada día que pasa somos menos...

Los días se sucedían. Demasiados. Se apiñaron en años...

Joaquín escribía, escribía para no enloquecer...

-Joaquín, tienes que comer, estás consumido hombre...

-¿Has conseguido papel?

-Hombre, para ya un poco, escribes demasiado. No aguanto más Curro. Una de estas noches me tiro desde lo alto. Valor, hombre, vamos ya, aguanta. Que no es fácil para nadie. Llegará el momento. Hay que esperar. Estamos dándole duro para sacarte de aquí. Confía, hombre, confía, confía...

Llegó el día. Está todo listo. Olvídate de Joaquín Mora Iribarne. Serás Manuel Benítez...No va a ser fácil ¿Estás dispuesto? Por supuesto hombre, qué me dices...Saldremos en dos días por la noche. Los contactos están hechos. Iremos a Cádiz. Costará llegar. Iremos en carros de labranza, llevando siempre carga. Los cambiaremos cuatro veces. Tendremos que pasar cuatro controles. Llevamos en el tramo final carga de oliva de Jaen, castañas y almendras de Andalucía. Tenemos que llegar al Salta, un buque argentino que suelta amarras en dos días.

Eres Manuel Benítez, argentino, no lo olvides.

Juntos recitaron unos versos de Hernández:

 

“Andaluces de Jaen/aceituneros altivos/cuántos siglos de aceitunas/los pies y las manos presos./sol a sol y luna a luna/pesan sobre vuestros huesos./Jaen levántete brava sobre tus piedras lunares/no vayas a ser esclava con todos tus olivares.”

 

Se fundieron en un abrazo. Por Federico. Por Miguel, que no puedan callarte. Hasta vernos Curro. Hasta siempre Iribarne.

 

Otra tierra, otra vida, Joaquín Mora Iribarne escribió durante años. Los títulos se sucedían: España cautiva, La lujuria de Granada, Mi amigo el Curro, El guardián de la Torre...Acumulaba premios: El Cervantes, Planeta, hasta que su libro Desde el Alcázar logró el Nobel...

 

En la primera página de todos sus libros Joaquín escribe:

Por ti Curro escribo este libro. Por ti que quedaste mirando el cielo de Cádiz bajo las balas de la Guardia Civil. Por ti que ofrendaste tu vida en nombre de la amistad y de la libertad. Sin el Curro vosotros no leeríais nunca este libro...Hasta vernos Curro.

Programa de radio sobre Literatura General transmitido todos los miércoles a las 19:00 hrs Argentina por www.nadieteve.com.ar

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