AUTOR DEL DÍA

John Fante.
Uno de los nuestros.

I
Mi madre acababa de llevarse a la cocina los últimos platos de la cena cuando sonó el timbre. Todos nos levantamos como fieles en misa y corrimos a ver quién era. Mike llegó a la puerta el primero. La abrió de golpe y pegamos la nariz contra el cancel. Al otro lado había un joven uniformado con la gorra en la mano y un telegrama dentro de la gorra.
—Telegrama para Maria Toscana —dijo.
—¡Un telegrama, papá! —gritó Mike—. ¡Alguien se ha muerto! ¡Alguien se ha muerto!
A casa sólo llegaban telegramas cuando algún familiar pasaba a mejor vida. Había ocurrido tres veces desde que yo había nacido. Una vez fue por la muerte de mi abuelo, otra por la de mi abuela y la última por la de un tío. Sin embargo, una vez llegó un telegrama a casa por error. Lo encontramos debajo de la puerta una noche que volvimos tarde. Todos nos quedamos muy sorprendidos, pues contenía una felicitación de cumpleaños para una señora llamada Elsie, a quien ninguno de nosotros conocía. Pero lo más sorprendente de aquel telegrama fue que no comunicara una muerte. Hasta entonces no se nos había ocurrido pensar que un telegrama pudiera tener otros usos.
Cuando mi padre oyó los gritos de Mike, soltó la servilleta y retiró la silla. Los que estábamos en la puerta brincábamos de un lado a otro llenos de nerviosismo. Paralizada por la ansiedad, mamá se quedó en la cocina. Mi padre avanzó haciéndose el importante hacia la puerta y, como un hombre que se hubiera pasado la vida firmando la recepción de telegramas, firmó la recepción de aquél. Lo vimos rasgar el sobre amarillo y separar el papel lo suficiente para leer al mensaje que iba dentro. Nos miró ceñudo y se dirigió al centro de la sala, bajo la lámpara. Puso el mensaje en alto, casi por encima de su cabeza. Ni siquiera dando saltos podíamos llegar a él y mi hermano pequeño, Tony, que era un renacuajo y demasiado pequeño para saber leer, se subió por un costado de mi padre como si fuera un árbol. Mi padre dio una sacudida y Tony cayó al suelo.
—¿Quién se ha muerto? —preguntó—. ¿Quién se ha muerto?
—Tranquilos, tranquilos —dijo mi padre, como si hablara con perros inquietos—. Callaos. Calma, calma.
Entornando los ojos, dobló el ominoso papel amarillo y volvió a la mesa. Fuimos tras él. Nos dijo que nos fuéramos, pero nos apiñamos a su espalda, y Tony subió por los travesaños de la silla y le metió los dedos por el cuello de la camisa. Mi madre estaba en la puerta de la cocina mordiéndose el labio. La preocupación le contraía el rostro. Se retorcía sin parar las manos; que parecían gatitos debajo del delantal de cuadros.
Aguardamos sin aliento. Sin aliento nos esforzamos por adivinar a quién se referirían las tristes noticias. Esperábamos que no fuera nuestra tía Louise, porque siempre nos enviaba unos regalos maravillosos por Navidad. No nos importaba que fuera la tía Teresa, porque ¿qué hacía de bueno cuando llegaba Navidad? Nada de nada. Lo único que recibíamos de ella era una postal de felicitación, que sabíamos que sólo le costaba un centavo, porque era exactamente igual que las que compraba mamá. Si había muerto, se lo merecía por ser tan tacaña.
Papá se nos sacudió de encima. Nos dijo subrayando mucho las palabras que volviéramos a nuestros sitios. Mi madre ocupó su silla en silencio. Detrás de la mano que tenía en la cara, entre los dedos abiertos, se veía su preocupación, como mujer que reuniese fuerzas para afrontar una terrible prueba. Tenía muchos hermanos y hermanas que no había visto desde la niñez, pues se había casado muy joven. Nos dimos cuenta de que la mente de papá iba de un lado a otro en busca de la mejor y más rápida forma de asestar el duro golpe cuando se veía a la legua que mi madre estaba preparada para recibirlo. En realidad, no dejaba de mirarlo con los ojos muy abiertos.
—¿Quién es, Guido? —preguntó—. ¿Quién ha sido?
—Clito —dijo—. El chico de tu hermana Carlotta.
—¿Muerto?
—En un accidente. Lo atropellaron. Y murió.
Durante un largo rato de silencio, mi madre se quedó sentada como una estatua vestida de vichy. Luego levantó el rostro hasta el lugar en que ella creía que se encontraba la vida eterna. Estiró los labios como si diera un beso de despedida. Tenía la expresión demasiado angustiada para mantener los ojos abiertos.
—Sé que su almita es hermosa a los ojos de Dios —susurró.
Era primo nuestro, el único hijo del tío Frank y la tía Carlotta, la hermana mayor de mi madre. Vivían en Denver, a cuarenta y cinco kilómetros al sur de nuestra pequeña población. Clito sólo tenía un día más que nuestro Mike, el mayor de la generación más joven, después de mí. Clito y Mike habían nacido en el mismo hospital de Denver, hacía diez años. El mismo médico los había traído al mundo y, ¡cosa asombrosa!, los dos niños eran notablemente parecidos en la cara y en el tipo. Los miembros de nuestro desperdigado clan siempre se habían referido a ellos llamándolos «los gemelos», pues eran inseparables cuando nuestra familia vivía entre los italianos de North Denver tres años antes y, aunque discutían a menudo, parecía haber entre ellos un parentesco más cercano que entre Mike y yo o que entre Mike y Tony. Pero hacía tres años nuestra familia se había mudado a la pequeña ciudad de las montañas y Mike no había visto a su primo desde entonces.
Tal fue el motivo de que, en el silencio que siguió a lo que dijo mi padre, mi madre mirase tan apasionadamente, tan posesivamente a Mike, y sus ojos comenzaran a desplazarse con lentitud, a vagar por el espacio. Mike sintió aquella mirada. Era demasiado joven para darse cuenta del trágico significado de la muerte de Clito, pero sintió los ojos de mi madre sobre él, como si quisieran atraerlo hacia ellos, y empezó a moverse inquieto en la silla, mirando a mi padre en busca de claridad y apoyo. Mi madre corrió la silla y fue a su dormitorio. La oímos acostarse y luego la oímos llorar.
—Apuesto a que Clito está en el cielo —dijo Mike—. Apuesto a que no ha tenido que pasar por el purgatorio.
—Seguro —dijo mi padre—. Era un buen chico. Se fue directamente al cielo.
Mi madre llamó desde el dormitorio.
—Mike —gritó—, ven aquí con la mamma.
Mike no quería dejar la mesa. Pero miró a mi padre, que asintió con la cabeza, y se levantó y se fue vacilando. Oímos a mi madre arrastrarlo a su lado, en la cama, y luego oímos los húmedos y sonoros besos que le daba en la cara y en el cuello. Oímos el chasquido de los labios al besar y los gemidos posesivos de mi madre.
—¡Pero no me ha pasado a mí! —decía Mike—. ¡Mira! No estoy muerto.
—¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios Todopoderoso!
Cuando mi padre dejó la mesa, el telegrama quedó abierto en su sitio, con una punta metida en el cuenco de la ensalada, el papel amarillo absorbiendo aceite como si fuera un secante. Los chicos nos arrojamos sobre él. Yo lo cogí primero y lo levanté con el brazo estirado, fuera del alcance de los dedos de mi hermana Clara, que estaba de puntillas. Me subí a la silla de mi padre y alcé el papel casi hasta el techo. Mi hermana se subió a la silla de al lado. Manteniéndolo por encima de la cabeza, leí el mensaje mientras ella se colgaba de mí y Tony me tiraba de los pantalones con ánimo de destronarme.
—¡Déjame leerlo! —gritaba.
—¡Tú eres tonto! —dijo Clara—. ¡Aún no sabes leer! ¡Ni siquiera vas a la escuela!
—Sí que sé. ¡Tú no lo sabes todo, vamos!
El mensaje decía: «Clito en bicicleta atropellado por camión. Muerto cuatro tarde. Entierro domingo quince horas».
Lo dejé escapar y cayó al suelo trazando espirales. Clara y Tony se arrojaron sobre él y al momento quedó hecho trizas, desparramado por el suelo. El alboroto atrajo a mi madre y a Mike, que salieron corriendo del dormitorio. Mi madre vio los trozos del telegrama desperdigados y, secándose los ojos con el borde del delantal, dijo:
—No llegué a verlo. ¿Cómo murió?
—Fue atropellado por una bicicleta —dije.
Mi padre estaba en la habitación delantera, leyendo el periódico.
—No —me corrigió—. El chico fue atropellado por un camión.
—No, no fue así —dije—. Chocó contra el camión.
—El camión chocó contra él.
Así, con constantes interrupciones, perdimos por completo la noción de lo que había ocurrido realmente. Al poco, yo insistía en que nuestro Clito iba montado en la caja del camión, con la bicicleta al lado, y que se había caído cuando el camión pasó por un bache de la carretera. Mi padre estaba igual de equivocado. Había dicho que el pequeño Clito había sido derribado y muerto por un hombre montado en bicicleta. Nos pusimos a hacer una suposición tras otra. Incluso Tony tenía una interpretación propia. Insistió en que él también había leído el telegrama, pero dijo que a Clito lo había matado un aviador alemán que lanzaba bombas desde un avión. En medio de la confusión, nadie tenía nada mejor que ofrecer.
Entonces Clara dijo:
—Quizá estéis todos equivocados. Quizá fue atropellado por una moto.
Mi madre, ya desesperada, preguntó si decía algo del entierro.
—El martes.
—El lunes.
—El viernes.
—¿No era el domingo? —dijo Clara.
Mientras discutíamos sin ton ni son, mi madre y Mike recogieron los trozos de papel amarillo y los ordenaron sobre la mesa.

II
Mi madre no quiso dejar salir a Mike después de cenar. Los demás nos fuimos, pero Mike tuvo que quedarse en la cocina con ella. Desde allí nos oía gritar en el patio delantero, y lloraba y daba patadas al horno, pero mi madre nunca se había mostrado tan firme. Incluso mi padre estaba sorprendido. Cuando entró en la cocina para decirle que se estaba portando como una chiflada y una insensata, mi madre se volvió hacia él, llorando todavía, y le dijo que volviera a su periódico y se ocupara de sus propios asuntos. Chupando un palillo, mi padre miró al suelo, se encogió de hombros y volvió a su lectura.
—Pero, mamá —repetía Mike—. ¡Yo no soy el que se ha muerto! ¿Lo entiendes?
—Gracias a Dios. Gracias a Dios Todopoderoso.
Aquella noche vinieron a casa el tío Giuseppe y la tía Christina. La tía Christina era la hermana menor de mi madre y de la tía Carlotta. Ella también había recibido un telegrama. Mi madre, que había estado fregando los platos, se secaba las manos cuando vio a Christina entrar por la puerta delantera, y las dos mujeres se fundieron en un abrazo en el comedor y se quedaron allí, llorando. Mi madre apoyó la nariz en el hombro de la tía Christina y sollozó, y la tía Christina lloraba y acariciaba el pelo de mamá.
—¡Pobre Carlotta! —decían—. ¡Pobre Carlotta!
Nadie vigilaba a Mike, que seguía en la cocina. El muchacho vio su oportunidad y salió a hurtadillas por la puerta trasera. Dio la vuelta a la casa corriendo y se reunió con nosotros en el patio delantero. Nuestros primos, los dos hijos de la tía Christina, habían llegado con ella, así que todos nos pusimos a jugar a la maya.
Mi madre se olvidó de Mike. Ella, mi padre, la tía Christina y el tío Giuseppe se sentaron en la sala delantera y se pusieron a hablar de la muerte de Clito. Las dos mujeres se sentaron juntas en sendas mecedoras. Mi madre aún llevaba en la mano el paño de secar los platos y sus lágrimas caían sobre él. La tía Christina lloraba sobre un pañuelito verde que olía a claveles. No dejaban de repetir ocasionalmente la misma frase:
—¡Pobre Carlotta! ¡Pobre Carlotta!
Mi padre y tío Giuseppe fumaban puros en silencio. La muerte era el supremo misterio para ellos y las mujeres se resignaban fervientemente a los designios del Todopoderoso. Pero los hombres se aferraban a los viejos tópicos, tan viejos como la mente del hombre. Como no era hijo de ellos, la muerte del niño no los emocionaba especialmente. Les daba pena que hubiera muerto, pero sólo porque era lo apropiado, así que su dolor era por cortesía y no porque les saliera del corazón.
—En fin —dijo mi padre—, nunca se sabe. Todo el mundo tiene que irse algún día.
La oscura cabeza del tío Giuseppe y sus labios apretados le dieron la razón lentamente.
—Qué lástima —dijo—. Es una lástima.
—¡Era tan joven! —dijo mamá.
—Quizá haya sido mejor para él —dijo mi padre con aire melancólico.
—¡Vamos, Guido! ¿Cómo puedes decir una cosa así? ¿Cómo crees que se sentirá su pobre madre? ¿Y el pobre Frank?
—Un hombre nunca piensa en lo que hay en el corazón de una mujer —dijo la tía Christina—. No, no lo saben. Nunca lo sabrán. Los hombres son muy egoístas.
Mi padre y mi tío miraron la brasa de sus puros con desarmante confusión.
—Bueno —dijo mi padre—, lo único que sé es que todos moriremos algún día.
El tío Giuseppe hacía intentos desesperados por sentirse atribulado. Cerró los ojos y dijo:
—No. Nunca se sabe. Mañana, al día siguiente, esta noche…, el año que viene, el mes que viene, nunca se sabe.
—Pobre Carlotta —dijo mi madre.
—Pobre mujer —dijo la tía Christina.
—Qué mal lo estará pasando Frank —dijo mi padre—. Echará de menos al chico.
El tío Giuseppe parecía desvalido e incómodo en aquella silla de respaldo recto. Muchas veces miró al techo y a las paredes como si no los hubiera visto nunca. Luego examinaba la brasa de su puro, como si también fuera un objeto curioso. Mi padre se sentía más a sus anchas, ya que estaba en su propia casa. Repantigado y con el puro entre los dientes, las piernas abiertas e inmóviles, los pulgares en los tirantes manchados de sudor, parpadeando para esquivar las volutas de humo. Le habría gustado decir algo diferente sobre el tema de la muerte, pero no se le ocurría nada.
—Siempre se mueren los mejores —dijo.
—Qué gran verdad —dijo mi tío.
Mi tía Christina se sonó la nariz varias veces y luego se estrujó la punta hasta que se la dejó tan roja como un rábano. Era una mujer corpulenta que, a pesar de intentarlo, no conseguía cruzar las gordas piernecitas.
—¿Cómo está Mike? —preguntó—. Clito y él eran muy buenos amigos, se querían mucho.
Mi madre abrió los ojos asustada, se volvió en la silla y miró detrás de ella con algo parecido al terror.
—¡Mike! —gritó—. ¿Dónde estás, Mike?
No hubo respuesta. Torció el tórax y escrutó la cocina desde allí. No vio a nadie. Levantándose, se pasó los dedos por el cabello y gritó.
—¡Mike! —gritó—. ¿Dónde estás, Mike? ¡Ven aquí conmigo, Mike!
Mi padre se puso en pie de un salto como si hubiera visto un fantasma y la rodeó con sus brazos.
—Dio! —jadeó—. ¡Cálmate, mujer!
—¡Busca a Mike! ¡En el nombre de Dios, busca a Mike!
El tío Giuseppe fue a la puerta delantera y a la tenue luz del atardecer nos vio jugando a la maya entre los negros árboles del patio delantero. Mike estaba algo alejado del resto, apoyado en el árbol más grande, parcialmente escondido entre sus sombras.
—Tu madre te está llamando —dijo el tío Giuseppe—. ¿No la oyes?
Lo único que dijo Mike fue:
—Bah, ¿y qué quiere?
—Vamos, Mike —dijimos nosotros—. Ve a ver qué quiere.
Los gritos de mi madre habían detenido el juego como si de pronto hubiera caído un rayo. Entonces se abrió con violencia el cancel, que dio contra la pared con fuerza, y mi madre salió a toda prisa de la casa. Se agachó y levantó a Mike como si fuera un niño, muy por encima de ella y, riendo y llorando, lo besó una y otra vez entre susurros.
—El pequeñín de la mamma —dijo—. No me dejes nunca. Nunca, nunca, nunca, nunca me dejes.
—Yo no soy Clito —dijo él—. Yo no soy el que se ha muerto.
Ella se lo llevó en brazos a la sala, todos volvieron a sentarse y, aunque Mike lo detestaba, tuvo que quedarse en su regazo y dejar que lo besaran alrededor de un millón de veces.
Dormimos juntos en la misma cama, Mike y yo, y aquella noche, cuando ya era muy tarde, en algún momento después de la medianoche, mi madre entró en nuestro cuarto y se deslizó suavemente entre nosotros, aunque seguía siendo Mike el objeto de su preocupación. Acostada con la espalda hacia mí, lo despertó de tanto acariciarlo. Cuando se fue a su cama, tuve que darle la vuelta a la almohada porque estaba mojada de lágrimas.

III
¿Quién iba a ir al entierro? El domingo por la mañana hubo en la cocina una feroz discusión entre mi padre y mi madre por este asunto. Mi madre quería llevarse a Mike, pero mi padre quería que me llevara a mí.
—No —dijo mamá—. Quiero que venga Mike.
—¡Vaya idea! —dijo mi padre—. No tiene sentido hacérselo pasar peor a esa gente. Ya sabes cómo se sentirán Carlotta y Frank cuando vean a Mike.
—Venga —se burló mi madre—. ¿De qué narices estás hablando?
—Sé de lo que hablo —dijo mi padre—. ¿Qué coño pasa con vosotras las mujeres?
—He dicho que Mike vendrá conmigo —dijo mi madre—. Y vendrá. Si Jimmy también quiere venir, que venga.
—¿Y yo qué? —dijo Clara.
—De eso nada —dijo mi padre.
—Jimmy, Mike y yo —dijo Tony.
Mi padre lo miró con desprecio.
—¡Pero, bueno! —dijo—. ¿Y quién eres tú?
—Ah —dijo Tony. Era tan pequeño que nunca podía contestar a esta pregunta.
El telegrama decía que el entierro tendría lugar a las tres de la tarde. Sólo había una hora hasta Denver si íbamos en tren, pero cuando alguien de nuestra familia iba a alguna parte, poníamos la casa patas arriba. Mamá no encontraba sus horquillas del pelo y Mike no encontraba su corbata nueva. Cuando la encontró en la despensa, los ratones le habían hecho un agujero, así que tuvo que ponerse una corbata vieja de mi padre.
Remetiéndose en la cintura la interminable prenda, gritó:
—¡No me gusta! ¡Mira qué grande es! Es la corbata de un viejo.
—¿Quién ha dicho que sea la corbata de un viejo? —dijo mi padre—. Póntela y deja de alborotar.
Pero mi madre quería que estuviera guapo. No prestó la menor atención a mi aspecto, pero no iba a permitir que Mike llevara aquella corbata. Le dijo a Tony que fuera a casa de Oliver Holmes y le pidiera una azul clara para Mike, y mientras yo iba a pedir horquillas a la señora Daley, ella se sentó en la cama en combinación, con el pelo cayéndole por delante y enredándosele entre los dedos mientras cosía un botón del abrigo de Tony.
Cuando por fin estuvimos listos para irnos, no encontró el sombrero. Cansada y preocupada, se puso ante un montón de cajas que había en el armario de la ropa, gritándonos a todos que buscáramos su sombrero negro. Mi padre lo encontró en el otro extremo de la casa, debajo de la cama de mi hermana Clara, pero Clara dijo que no sabía cómo había ido a parar allí, lo cual era una mentira absoluta, porque Clara siempre se pone en secreto las cosas de mi madre. Cuando mi padre puso el sombrero sobre las guedejas de mi madre, ésta suspiró y dijo:
—Buen Dios, quítate el polvo del cuello. Parece que hayas estado preparando un pastel.
Mojó la punta de su pañuelo con saliva y le limpió el polvo. Luego cogió a Mike por la muñeca y corrió hacia la puerta. Yo corrí tras ellos, con el bolso de mi madre en la mano, porque se había olvidado de él.
Mi padre, Clara y Tony se quedaron en el porche delantero, viendo cómo nos íbamos por la calle. Cuando estábamos a media manzana, mi padre nos silbó. Nos volvimos los tres.
—¡Daos prisa! —gritó, y tan alto que incluso la señorita Yates, vieja y sorda, lo oyó y abrió la ventana para mirar—. ¡Daos prisa! Sólo faltan cinco minutos para que salga el tren.
Mi madre apretó la mano de Mike y anduvo con toda la rapidez que le permitía el gastado tacón de su zapato derecho, y por las muecas que hacía Mike mientras se rascaba la barriga, me di cuenta de que detestaba todo aquello y estaba a punto de echarse a llorar.

IV
Llegamos al tren a tiempo, y una hora más tarde llegábamos a la estación Denver Union. Allí cogimos un tranvía amarillo hasta la casa de la tía Carlotta y el tío Frank. Nada más sentarse en el tranvía, mi madre empezó a llorar, así que tenía los ojos enrojecidos cuando llegamos a la calle de la tía Carlotta. Nos detuvimos un minuto en la esquina para que mamá se subiera la liga. Mike y yo fuimos detrás del seto a hacer pis y luego echamos a andar por la calle.
Había tanta gente y tantos automóviles en casa de mi tía que acabó siendo el entierro más concurrido de la historia de nuestra familia, y hubo tal cantidad de flores que tuvieron que dejar algunos ramos en el porche delantero. Se olía a entierro nada más bajar del tranvía.
Subimos las escaleras delanteras y entramos en el pequeño vestíbulo, donde docenas de italianos en traje de domingo se apiñaban con expresión triste, mirando por encima de los hombros de unos y otros hacia el recargado y oloroso salón, donde se veía el ataúd, con la tapa quitada, y donde el rostro cerúleo y brillante de Clito dormía con infinita serenidad en medio de los sollozos, gemidos y rezos de un ejército de mujeres compungidas, todas morenas, todas vestidas de negro, que unas veces se arrodillaban y otras se apoyaban en una rodilla y luego en la otra para besar la mano helada, y envuelta en un rosario, del pequeño y delgado cuerpo que ocupaba la caja gris de asas plateadas.
Mike y yo lo veíamos todo a través de las piernas de los hombres que había en el vestíbulo mientras mi madre nos arrastraba entre la multitud y por las escaleras que conducían al dormitorio de la tía Carlotta.
Mi tía se levantó de la cama y las dos hermanas se echaron una en brazos de la otra y se pusieron a llorar desconsoladamente. La tía Carlotta había llorado tanto que tenía el rostro en carne viva. Sus brazos rodearon el cuello de mi madre, las manos colgando, las uñas tan mordisqueadas que tenía las yemas desolladas. Cerré la puerta y Mike y yo nos quedamos mirando.
Entonces vimos al tío Frank. Estaba en la ventana. No se movió cuando entramos, sino que se quedó con las peludas manos metidas en los bolsillos traseros. Apenas había hablado con nosotros, aunque era amable y generoso, y cada año nos enviaba pijamas por Navidad. No sabíamos mucho de él, salvo que era electricista. Era un hombre alto y de cuello delgado; la columna vertebral le sobresalía como una cuerda bajo la piel morena, así que siempre parecía tener el pelo de la nuca cortado hasta muy arriba. El llanto no estremecía su esqueleto y cuando vimos sus ojos secos en el delgado rostro que reflejaba el cristal de la ventana, nos sorprendió no ver lágrimas. No lo entendíamos.
—¿Por qué no llora? —susurró Mike—. Es su padre, ¿no?
Creo que el tío Frank lo oyó, porque se volvió lentamente, con escepticismo, como quien tuerce el cuello para apreciar el canto de otro pájaro. Nos vio a mi madre y a mí, y luego se fijó en Mike. Al momento le temblaron las rodillas y retrocedió hacia la ventana poniéndose las manos sobre la boca. Mi hermano soltó un chillido al verlo así, cogió a mi madre por la cintura y enterró la cara en su espalda.
El tío Frank se humedeció los labios.
—Ah —dijo, frotándose los ojos—. Ah, eres tú, Mike.
Se sentó en la cama y jadeó mientras se pasaba las manos por el cabello. La tía Carlotta vio a Mike en aquel momento y se arrojó en la cama, con el rostro temblando en las profundidades de la colcha rosa. El tío Frank le acarició la espalda.
—Vamos, vamos —murmuró—. Tenemos que ser valientes, mia moglie.
Pero él no lloraba, y cuanto más lo pensaba yo, más raro me parecía.
Mi madre se inclinó para estirar la corbata arrugada de Mike.
—Sé un buen chico —dijo— y dales un fuerte beso a tu tío Frank y a tu tía Carlotta. Tú también, Jimmy.
Yo los besé, pero Mike no quiso acercarse al tío Frank.
—¡No, no, no! —gritó—. ¡No, no!
Me siguió cuando me acerqué a la ventana que daba al patio trasero. Miramos bajo la cálida tarde de domingo y vimos lo que el tío Frank había estado observando cuando entramos. Era la bicicleta destrozada. Estaba apoyada en el pozo de la ceniza, un amasijo de acero retorcido y roto. Mike no dejaba de mirar al tío Frank por encima del hombro, como si temiera que le diese un puñetazo, y cuando el tío Frank se levantó de la cama y se acercó a la ventana y se puso detrás de nosotros, Mike se refugió en mis brazos y empezó a gemir, muerto de miedo. El tío Frank sonrió trágicamente.
—No tengas miedo. No voy a hacerte daño, Mike.
Me acarició el pelo y pude notar, incluso a través del cabello, la sequedad de su mano y lo triste que estaba.
—¿Ves? —dijo—. Jimmy no tiene miedo de su tío Frank, ¿verdad que no, Jimmy?
—No, tío Frank. No tengo miedo.
Pero Mike se encogía para alejarse de las manos melancólicas del hombre. El tío Frank intentaba sonreír con todas sus fuerzas y, de repente, sacó dos medios dólares del bolsillo. Yo cogí una moneda, pero Mike vaciló, mirando a mi madre. Ella asintió con la cabeza. Una suave sonrisa cruzó el rostro del muchacho y, sorbiéndose la nariz, aceptó la moneda y se arrojó en brazos del tío Frank.
—Pequeño Mike —dijo el tío Frank—. Pequeño Mike, tan parecido a mi pequeño Clito. —Pero seguía sin llorar.
Se sentó a Mike en las rodillas y cuando la comitiva estuvo preparada para dirigirse al cementerio, mi hermano ya le había tomado cariño. Bajaron la escalera hasta los coches aparcados, Mike de su mano y levantando los ojos hacia él con curiosidad y admiración.
El tío Frank fue el único que no lloró durante el entierro. Se situó un poco más atrás de la cabecera de la tumba, con mi gemebunda tía Carlotta aferrada a él, los ojos cerrados, la mandíbula rígida. Alrededor de la tumba se agolpó la multitud, los hombres con el sombrero en la mano, los pañuelos de las mujeres revoloteando en el exánime calor de la tarde, los sollozos estallando como burbujas invisibles, el cura hisopeando agua bendita, los empleados de pompas fúnebres con dignidad profesional al fondo, el ataúd hundiéndose lentamente mientras mi hermano y yo, el uno junto al otro, veíamos la base negra de la fosa conforme descendía la caja, los ojos derramando lágrimas sin cesar, el pecho dolorido, el corazón roto por el terror y por el primer dolor que habíamos experimentado, con la vida de Clito deslizándose por nuestra memoria por última vez, vívidamente, penosamente; nuestra madre gemía mientras mordisqueaba el pañuelo, las correas que rodeaban el ataúd crujieron, las asas plateadas chirriaron, y el sol les arrancaba reflejos, el cura murmuraba sin parar, los hombres tosían tímidamente, las mujeres gemían. La tía Carlotta débil y casi desmayada, aferrada al tío Frank, y él allí, con la mandíbula rígida y cerrada, los ojos secos, pensando en lo que piensa un padre, pensando… Dios sabe qué estaría pensando.
Y todo se acabó.
Volvimos a la casa de la tía Carlotta y nos sentamos en la sala, la tía Carlotta sin dejar de llorar y mi madre consolándola. Aturdido y pálido, el tío Frank se puso al lado de la ventana, con Mike mirándole la cara.
Mike dijo:
—¿Nunca lloras, tío Frank?
El hombre se limitó a bajar los ojos y sonrió débilmente.
—Bueno, ¿lloras o no lloras? —insistió Mike.
—¡Mike! —dijo mi madre.
—Pero ¿por qué no llora? ¿Por qué no lloras, tío Frank?
—¡Mike!
—Cállate, Mike —dije yo.
—Pero ¿por qué no llora?
El tío Frank se apretó las sienes.
—Estoy llorando, Mike —dijo.
—No, no lloras.
—Cállate, Mike —dije.
—Pero no has llorado en el cementerio y todo el mundo lloraba.
—¡Mike!
—Es el único que no ha llorado, yo lo estaba mirando.
—¡Mike! Vete de aquí.
Mike salió indignado y se sentó en la mecedora que había delante de la ventana, dándole la espalda al tío Frank. Empezó a mecerse furiosamente, estirando las piernas al ritmo del movimiento. El tío Frank se apartó de la ventana, salió y se inclinó sobre la mecedora de Mike, sonriéndole. Luego habló. Yo estaba mirando por la ventana, pero no oí lo que le dijo. Mike sonrió y los dos bajaron los escalones del porche y se fueron a la calle.
—¿Adónde van? —preguntó mi madre.
—No lo sé —respondí.
Pasó media hora sin que volvieran y mi madre y la tía me enviaron a buscarlos. Fui por la calle hasta el drugstore de la esquina y allí los encontré. Estaban en un reservado de la heladería, Mike tomándose una leche malteada, sorbiéndola afanosamente. El tío Frank estaba sentado al otro lado de la mesa, con la cara apoyada en las dos manos, y por las mejillas le corrían gruesos regueros de lágrimas que caían en el mármol mientras veía a Mike apurar la bebida.


Uno de los nuestros.
John Fante.

***

John Fante.
Un secuestro en la familia.

En la habitación de mi madre había un viejo baúl. Era el baúl más viejo que había visto en mi vida. Era uno de esos baúles de tapa abovedada que parece la barriga de un gordo. Dentro del baúl, debajo de un vestido de novia que nunca se usaba porque era un vestido de novia, y de una cubertería de plata que tampoco se usó nunca porque era un regalo de boda, y debajo de toda clase de cintas de colores, botones y partidas de nacimiento, debajo de todo esto había una caja con fotos de familia. Mi madre no permitía que nadie abriera aquel baúl y tenía la llave escondida. Pero un día encontré la llave. La encontré debajo de una esquina de la alfombra.
La primavera de aquel año, cuando llegaba del colegio por la tarde me encontraba a mi madre trajinando en la cocina. De tanto trabajar tenía los brazos fláccidos y blancos como el yeso seco, el cabello ralo y pegado a la cabeza, y los ojos, grandes y tristes, hundidos en las cuencas.
¡La foto!, pensaba yo. ¡Ah, aquella foto del baúl!
Cuando mi madre no miraba, entraba a hurtadillas en su dormitorio, cerraba la puerta y abría el baúl. Allí había muchas fotografías y a mí me gustaban todas, pero había una en especial que mis dedos anhelaban tocar y mis ojos ansiaban ver desde que vi a mi madre de aquella manera: era una foto suya y se la habían hecho una semana antes de que se casara con mi padre.
¡Qué foto!
Aparecía sentada en el brazo de un lujoso sillón, con un vestido blanco que le llegaba hasta los pies. Las mangas eran amplias y vaporosas, unas mangas muy elegantes. El vestido apenas tenía escote y en el cuello lucía un camafeo colgado de una fina cadena de oro. Llevaba el sombrero más grande que había visto en mi vida. Le tapaba completamente los hombros como si fuera una sombrilla blanca, tenía el ala levemente inclinada y le cubría todo el cabello menos los prietos bucles oscuros que le caían por detrás. Pero distinguía sus melancólicos ojos verdes, tan grandes que ni siquiera aquel sombrero los podía ocultar.
Yo me quedaba mirando aquella extraña fotografía, la besaba, lloraba sobre ella, feliz porque aquella imagen había sido realidad en otro tiempo. Y recuerdo una tarde en que me la llevé a la orilla del arroyo, la puse encima de una piedra y le recé. Y en la cocina estaba mi madre, prisionera entre cazos y sartenes: una mujer que ya no era la encantadora mujer de la fotografía.
Y lo mismo pasaba conmigo, un muchacho que volvía a casa de la escuela.
Otros días hacía otras cosas. Me ponía delante del espejo del armario con la foto a la altura de la oreja, de cara al espejo redondo. Un sensación turbadora se apoderaba de mí entonces y sentía un escalofrío de placer. ¡Qué increíble aquella gran señora, aquella reina! Y recuerdo que me quedaba sin palabras.
La madre que estaba en la cocina en aquellos momentos no era mi madre. No lo habría aceptado. Mi madre era aquella otra, la señora de la pamela. ¿Por qué no podía recordar nada de ella? ¿Por qué tenía yo que ser tan pequeño cuando nací? ¿Por qué no pude nacer con catorce años? No podía recordar nada. ¿Cuándo había cambiado mi madre? ¿Qué causó el cambio? ¿Cómo había envejecido? Acabé convenciéndome de que si alguna vez hubiera visto a mi madre tan hermosa como en la fotografía, le habría pedido inmediatamente que se casara conmigo. Nunca me había negado nada y creía que no me rechazaría como marido. Me regodeé en aquella decisión, descubriendo incluso la manera de deshacerme de mi padre: mi madre podía divorciarse de él. Si la Iglesia no accedía al divorcio, podríamos esperar y casarnos en cuanto mi padre muriera. Hojeé mi catecismo y el libro de oraciones en busca de alguna ley que prohibiera que las madres se casaran con los hijos. Me satisfizo no encontrar nada sobre el tema.
Una noche me guardé la fotografía dentro del cinturón y se la llevé a mi padre. Él estaba sentado en el porche delantero leyendo el periódico.
—Mira —dije—. ¿Sabes quién es?
Mi padre la miró a través de una nube de humo de cigarro. Su indiferencia me indignó. La examinó como si fuera un bicho o algo así; un trozo de pastel duro o algo semejante. Miró la fotografía tres veces de arriba abajo, luego otras tres veces de un lado a otro. La volvió y la examinó por detrás. La composición le interesaba más que el sujeto, mientras yo esperaba que abriera los ojos de par en par y gritara lleno de emoción.
—¡Es mamá! —dije—. ¿No la reconoces?
Me miró con cansancio.
—Déjala donde la has encontrado —dijo, recogiendo el periódico.
—¡Pero es mamá!
—¡Dios Santo! —dijo—. ¡Ya sé quién es! Me casé con ella.
—¡Pero mira!
—Vete —dijo.
—¡Pero, papá! ¡Mira!
—Vete. Estoy leyendo.
Sentí ganas de pegarle. Me sentía avergonzado y triste. Algo pasó en aquel momento y la fotografía ya no volvió a parecerme tan maravillosa. Se convirtió en otra fotografía más, en una simple fotografía. Apenas volví a mirarla y después de aquella noche no volví a abrir el baúl de mi madre en busca de los tesoros del fondo.
Antes de casarse, mi madre se llamaba Maria Scarpi. Era hija de Giuseppe y Stella Scarpi. Los dos eran de Nápoles, de familia campesina. Emigraron a Estados Unidos, a Denver, y Giuseppe se hizo zapatero. Mi madre, Maria Scarpi, nació allí, en Denver. Fue la cuarta criatura de los Scarpi. Junto con sus hermanas y hermanos asistió a una escuela de monjas. Luego fue a un instituto público durante tres años. Pero aquel instituto no era como la escuela de monjas y a mi madre no le gustó. Sus dos hermanos y sus cuatro hermanas se casaron después de terminar el bachillerato.
Pero Maria Scarpi no se casó. Les dijo a los suyos que el matrimonio no la atraía. Ella quería ser monja. Aquello dejó atónita a toda la familia. Sus hermanos y hermanas opinaban que su ambición no tenía sentido. ¿Y los hijos? ¿Y el hogar, y un buen marido, un buen hombre como Paul Carnati? A todas aquellas preguntas, la mujer que sería mi madre levantaba la nariz y seguía insistiendo en sus ambiciones conventuales. Era una rebelde y sus hermanos y hermanas llevaron a casa toda suerte de posibles pretendientes en un esfuerzo por persuadirla de que olvidara aquella locura. Pero Maria Scarpi era fría e insociable; incluso llegó a negarse a hablar con ellos. Si oía voces en la planta baja, se encerraba en su habitación y se quedaba allí hasta que los visitantes se iban.
Paul Carnati era dueño de una panadería. Ganaba mucho dinero, tenía muy buenas ideas y estaba loco por mi madre. Un día llegó a casa de los Scarpi empuñando las riendas de una calesa recién estrenada; tenía llantas de caucho en las ruedas y un bonito caballo tiraba de ella. Aquel Carnati tenía tanto dinero que iba a darle a mi madre el caballo y la calesa a cambio de nada. Mi madre no quiso ni mirarlo; ni siquiera bajó de su habitación, y Paul Carnati se fue tan furioso y ofendido que no volvió nunca más. Llevó su indignación hasta el punto de cobrar el doble por el pan a los Scarpi, hasta que la familia tuvo que ir a comprarlo a otra panadería; y, para colmo, enfadado, se casó con otra. Los italianos llamaban a esto matrimonio por despecho.
Mi madre me contó cómo fue su primer encuentro con mi padre. Ocurrió en 1910, en el mes de agosto de aquel año. Era el día de San Roque, el poderoso santo patrón de todos los italianos. En un día tan importante, los italianos se agolpaban en las calles del North Side y por el centro de la calle marchaba un vistoso desfile, con tres bandas de música completas y los Hijos de San Roque con sus uniformes rojos y plumas blancas en los sombreros. Los Caballeros de Colón también estaban allí, desfilaban con su propia banda, y los Hijos de Little Italy estaban también presentes con la suya. De hecho, todas las personas con alguna importancia estaban allí, incluidos muchos americanos que no tenían ninguna pero que iban a mirar y a reírse, porque opinaban que los días festivos en el North Side eran divertidos.
El desfile bajó por Osage Street hasta Belmont, luego dobló al este por Belmont hasta la iglesia de San Esteban. Mi madre estaba en el cruce de Osage y Belmont, delante del drugstore, que aún sigue allí, contemplando el desfile.
Estaba sola, rodeada de jóvenes italianos que habían salido corriendo desde las mesas de billar del Star Hall, con el taco en la mano y el sombrero caído sobre la nuca. Conocían a mi madre, aquellos jóvenes la conocían, lo sabían todo de ella. Todos los vecinos del North Side conocían a Maria Scarpi, que prefería ser monja a ser esposa. Ella les daba la espalda, los despreciaba; eran matones, la primera camada de gángsters que más tarde manchó la reputación de los italianos de Denver.
Fingían estar interesados en el desfile, pero no lo estaban. Era mentira. En lo que estaban interesados era en mi madre. Era una situación curiosa, insólita para los matones. ¿Qué podía decirle un hombre a una mujer que iba a ser monja? No dijeron nada, ni una palabra. Se limitaron a quedarse allí, aplaudiendo el desfile.
Hubo un alboroto en la parte de atrás. Alguien empujaba, propinando codazos a diestro y siniestro, dando gruñidos de prepotencia (no era un hombre corpulento y en consecuencia gruñía dos veces más fuerte de lo necesario) y abriéndose paso entre la multitud hasta que, oh cielos, ¿quién estaba delante de él? ¿La muchacha de la pamela verde? Guido Toscana había abusado del vino blanco y estaba alegre, pero en aquel estado veía la belleza con más claridad. Dando chupadas a su tagarnina, se detuvo. Los demás no le hicieron caso. ¿Quién diantres se creía que era? No lo habían visto nunca, aunque estaban seguros de que era italiano como ellos.
Mi madre notó su cercanía, el borde de su pamela le rozaba el hombro. Se adelantó. Pero no fue muy lejos. La alcantarilla estaba a un centímetro de sus pies.
—¡Buenos días! —dijo Guido Toscana.
—No lo conozco a usted —respondió ella.
—¡Ejem! —exclamó—. ¡Ejem, ejem! Me llamo Guido Toscana. ¿Cómo se llama usted?
Dio media vuelta y guiñó el ojo a los jóvenes, que se quedaron paralizados. Los ojos de mi madre recorrieron los rostros que flanqueaban la calle en busca de alguno de sus hermanos. Un borracho. ¡Y ella una muchacha que quería ser monja! ¡Oh, Dios bendito, rezó, ayúdame, te lo pido por favor! Pero Dios no creyó oportuno intervenir; o se estaba divirtiendo con aquello o estaba demasiado ocupado viendo el desfile en honor de San Roque, porque permitió a Guido Toscana otras libertades. Mi futuro padre se llenó la boca de humo de la tagarnina, se inclinó y puuuuuuuffffff, expulsó el humo bajo el ala de la pamela de mi futura madre. Aquel humo blanco picaba. Mi madre se atragantó, tosió con la boca pegada a un pequeño pañuelo. Toscana lanzó una carcajada estentórea y se volvió hacia los jóvenes buscando su complicidad. Los jóvenes fingieron no haber visto nada. Ah, pensó Guido Toscana, conque ésas tenemos: ¡macarronis!
Mi madre ya había tenido bastante. Sujetándose la pamela, lo empujó para apartarlo, se abrió paso entre la multitud de italianos y anduvo rápidamente calle arriba. La casa de los Scarpi estaba a tres manzanas. Cuando llegó al final de la primera, dobló la esquina mirando por encima del hombro.
Se quedó sin aliento. ¡El hombre la seguía! Se había quitado el sombrero y, esquivando a la multitud, le hacía señas con la mano, indicándole que volviera. Mi futura madre recorrió a paso vivo las dos manzanas que quedaban. Él también corrió.
—Mamma! —gritó Maria Scarpi—. Mamma! Mamma!
Subió los seis peldaños del porche de un salto. Mamá Scarpi, corpulenta y tan ancha como tres madres normales, abrió la puerta y Maria entró a toda velocidad. La puerta se cerró de golpe y se oyó correrse el cerrojo. Guido Toscana apareció resoplando por la calle. Todo era paz y tranquilidad cuando llegó a la casa. Las persianas estaban bajadas y no salía humo por la chimenea. El lugar parecía vacío. Pero él se quedó merodeando cerca. No pensaba marcharse. Anduvo arriba y abajo, frente a la casa de los Scarpi, como un centinela. Arriba y abajo. Tras una cortina de la planta de arriba asomó la cabeza de Maria Scarpi. Arriba y abajo, Guido Toscana paseaba. Arriba y abajo.
La intrépida mamá Scarpi abrió la puerta y se quedó tras el cancel de tela metálica. En un italiano agudo, chilló:
—¿Qué quieres, vagabundo borracho? ¡Vete de aquí! ¡Largo!
—Me gustaría hablar con la señorita —dijo Guido Toscana.
—¡Fuera de aquí, cerdo borracho!
—No estoy borracho. Me gustaría hablar con la señorita.
—¡Lárgate de aquí si no quieres que llame a la policía, cerdo borracho!
Toscana trató de sonreír para disimular su miedo a la policía.
—Unas palabras con la señorita y me voy.
—Polizia! —gritó mamá Scarpi—. Polizia!
Guido Toscana se estremeció, cerró los ojos y se puso a hacer muecas. Levantó las manos y se las puso delante de la cara, como si los gritos de mamá Scarpi fuera botellas lanzadas contra su cabeza.
—Polizia! Polizia! Polizia!
Hubo un movimiento en la ventana de la planta de arriba. La persiana subió con un chirrido y una sucesión de sacudidas. Se alzó la ventana de guillotina y apareció la cabeza de Maria Scarpi.
—Mamma! —gritó—. Por favor, no chilles. ¡La gente va a pensar que estamos locos!
Para Guido Toscana, aquella voz era la niña que tenía Enrico Caruso en la garganta.[1]
—¡No chilles, mamma! Averigüemos qué quiere.
—Eso —dijo la corpulenta mamma—. ¿Qué quieres, cerdo borracho?
Guido se plantó bajo la ventana, alzó los ojos y habló en italiano.
—¿Cómo se llama usted?
Un suspiro.
—Me llamo Maria Scarpi.
—¿Quiere casarse conmigo?
Mamá Scarpi estaba a punto de vomitar.
—¡Fuera de este corral! —chilló—. ¡Vuelve con los cerdos borrachos, cerdo borracho!
Guido no la escuchaba. Abrió la boca y empezó a cantar. No hubo forma de impedírselo. La gente que volvía del desfile lo miraba boquiabierta de asombro. Mamá Scarpi cerró la puerta de golpe y se digirió al interior de la casa. Mi madre, no muy inteligente, una muchacha de corazón blando que quería ser monja y rezar por los pecados del mundo, estaba pasmada en la ventana.
Y sigue pasmada. Y sigue llena de asombro. Y eso a mí, un chico que volvía a casa de la escuela, me molestaba.
—No supe qué hacer —contaba—. Con toda aquella gente allí…, sentí lástima por él.
—¿Qué cantaba?
—Esa canción absurda, la que canta cuando se afeita.
Conocía esa canción. Todos los vecinos de las manzanas más próximas la conocían. Siempre que estaba delante de un espejo enjabonándose la cara, lo imaginaba debajo de una ventana en Denver un año antes de mi nacimiento. La canción era «Menami!» («¡Llévame!»):
Ay, nena, me has herido dolorosamente. Ah, dolorosamente.
Mi corazón sangra profusamente. Sí, profusamente.
Mi sangre y mi vida se van lentamente
y no puedo contener la sangría.
¡Llévame contigo! ¡Devuélveme la vida!
Dame un beso. Un beso. Dame sólo eso.
Un besito no es ningún delito.
Por favor, no seas coqueta,
¿qué es un beso para ti?
Mira en qué estado me has puesto.
¡Ten compasión de mí!
—¿Qué pasó después, mamma?
Estaba barriendo el suelo de la cocina, encorvándose para alcanzar los restos de carbón que había detrás de las patas cóncavas de la estufa. Oí el crujido de sus articulaciones al agacharse.
—Mi hermano Joe llegó a casa y vio a tu padre.
—¿Y qué dijo el tío Joe?
—No sé. No me acuerdo.
—Sí te acuerdas. ¿Qué hizo el tío Joe?
—Se rió.
—¿No se enfadó?
—No, en absoluto.
—Apostaría a que tenía miedo de papá, ¿verdad que sí?
—En absoluto.
—Es igual. Apostaría a que estaba muerto de miedo.
—Lo que tú digas.
—¿Y qué hizo el tío Joe, si no estaba enfadado?
—Invitó a tu padre a entrar.
—¿No se pelearon ni nada? ¿No le dio papá una paliza o algo así?
—No, nada de eso.
—¿Y papá entró?
—Sí.
—¿Y tú qué hiciste?
—No me acuerdo.
—Sí, sí que te acuerdas.
—Hace mucho tiempo…, lo he olvidado.
—No, no lo has olvidado. Lo que ocurre es que no quieres decírmelo.
Mi madre se puso en pie, jadeando en busca de aire.
—Me quedé un rato arriba, en mi habitación, y luego el tío Joe subió y me dijo que bajara. Y yo bajé.
—¿Y qué pasó?
—Nada.
—¡Algo tuvo que pasar! ¿Qué fue?
—¡No pasó nada! —dijo medio irritada ya—. Tu tío me explicó quién era tu padre y nos dimos la mano. ¡Y eso es todo!
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—¿No pasó nada más?
—Tu padre me cortejó y al cabo de unos meses nos casamos. Eso es todo.
Pero a mí no me gustaba de esa forma. Lo detestaba. No lo quería así. No me lo creía. No podía creérmelo.
—¡No, señor! —dije—. No pasó así.
—¡Pues claro que sí! ¿Por qué iba a mentirte? No hay nada que ocultar.
—¿No te hizo nada? ¿No te secuestró ni nada de eso?
—No recuerdo haber sido secuestrada.
—¡Pero es que fuiste secuestrada!
Se sentó con la escoba entre las rodillas, sujetándola con ambas manos y con la frente apoyada en las muñecas. A pesar de lo cansada que estaba, la expresión de fatiga se desvaneció y dejó paso a una vaga sonrisa, la sonrisa fugaz de la mujer de la fotografía.
—¡Sí! —dijo—. ¡Me secuestró! Vino una noche mientras yo dormía y me raptó.
—¡Sí! —exclamé—. ¡Sí!
—¡Me llevó a las montañas, a una cabaña de bandoleros!
—¡Claro! Y llevaba una pistola, ¿verdad que sí?
—¡Sí! ¡Una pistola grande! Con cachas de nácar.
—Y montaba un caballo negro.
—Es verdad —dijo—. Nunca olvidaré aquel caballo. ¡Qué hermoso era!
—Y tú estarías muerta de miedo, ¿verdad?
—Petrificada —dijo—. Sencillamente petrificada.
—Gritaste pidiendo ayuda, ¿no?
—Grité una y otra vez.
—Pero él consiguió huir, ¿verdad?
—Sí, consiguió huir.
—Te llevó a la cabaña de bandoleros.
—Exacto, allí me llevó.
—Estabas asustada, pero te gustaba, ¿verdad?
—Me encantaba.
—Te tuvo prisionera, ¿no es cierto?
—Sí, pero fue bueno conmigo.
—¿Llevabas aquel vestido blanco? ¿El de la fotografía?
—Por supuesto que sí, ¿por qué?
—Sólo quería saberlo —dije—. ¿Cuánto tiempo te tuvo prisionera?
—Tres días y tres noches.
—Y la tercera noche te propuso matrimonio, ¿verdad?
Cerró los ojos con expresión de quien recuerda.
—Nunca lo olvidaré —dijo—. Se puso de rodillas y me suplicó que me casara con él.
—Al principio tú no querías casarte con él, ¿verdad?
—Al principio no. ¡Le dije que no! Pasó mucho tiempo hasta que dije que sí.
—Pero al final lo dijiste, ¿eh?
—Sí —respondió—. Al final.
Aquello era demasiado para mí. Demasiado. La rodeé con los brazos y le di un beso, y en los labios me quedó el penetrante sabor de sus lágrimas.


Un secuestro en la familia.
John Fante.

Nota.
[1] «Su voz danza como una niña en una calle bañada por el sol…» (cf. Pierre V. R. Key y Bruno Zirato, Enrico Caruso. A Biography, Little, Brown and Company, Boston, 1922, p. 215). (N. del T.) <<

LECTURAS DESTACADAS

La reserva / David verdejo.  (Entrevistado del 5 de Junio)

De toda la estepa ocre que regaba los campos de la Argentina, la reserva de Santa Rosalía era, sin duda, la más extensa. Pero tenía un peligro: su desaparición. El único gaucho vivo que velaba por aquel terreno andaba viejo. Ya no viejo de edad, que pasaba los sesenta años con facilidad, sino cansado, melancólico y triste. Un tipo erguido por el orgullo pero débil por la pena. Se hacía llamar “el Antonio” cuando le conocí, halla por los tiempos donde buscar a un tipo como este significaba horas a caballo, atravesando grandes extensiones de ramas secas que arañaban las pezuñas del equino y provocaban largas sesiones de curas en los establos. Ahora es más fácil porque todos los ganaderos llevan un móvil con GPS y el gobierno ha instalado repetidores por toda la pampa, hecho que generó muchos conflictos en el momento de la implantación. Pero aquellos días previos a la resolución del problema, Santa Rosalía se mantuvo hermosa y funcional hasta las puertas del nuevo siglo, cuando “el Antonio” tomó una decisión. El viejo gaucho intentó por todos los medios conservar el nivel de producción que había sostenido su padre y el padre de su padre, sin éxito. ¿Por qué? Resultó que durante la primavera de 1953, el Antonio viajó a la capital, por primera vez en toda su vida. Aunque la finca daba buena cantidad de pesos durante toda su existencia, su padre, un tipo duro, violento y autoritario, le había prohibido viajar a Buenos Aires con la excusa de “la seguridad”.

            Antonio no fue a la escuela, su padre pensaba que no era necesario porque todo lo que debía saber lo aprendería con el sudor de su frente y la sangre de sus nudillos. Tampoco conoció a mujer alguna ya que la relación con ellas fue demonizada por su progenitor, metiéndole ideas oscuras en la cabeza sobre aquellas señoritas que rondaban los campos cual marabunta de chinches que suben por las piernas sin poder evitarlo, provocando un picor insufrible. Y creció en la ignorancia de los números, en impregnado de prejuicios que le generó grandes enemistades y pocos amigos. Uno de ellos, el Potro, era un tipo regordete, enjuto y encorvado que vendía tabaco y licor a granel. Entre los dos compartieron noches de borracheras y exabruptos mientras el negocio duró. Pero un día de diciembre, cuando el viento de la Pampa corta la piel como un cuchillo afilado, el Potro se acercó a la casa de Antonio para despedirse, sin decir nada, sin ofrecer alguna respuesta de aquella extraña partida más que un paquete delgado y largo que le entregó bajo el cerco de la puerta principal.

            Con el tiempo, Antonio se enteró que el Potro fue a morir a un hospital de la capital. El cáncer de pulmón lo consumió y cada aniversario de aquella despedida, el viejo gaucho tocaba la flauta que su amigo le regaló esa noche.

            Desde entonces, los campos se volvieron grises, secos y estériles. El viejo gaucho se volvió más viejo si cabe y el tiempo se posó sobre él dejando una capa de polvo que ocultaba su piel, arrugaba su rostro y entristecía su mirada. Y así llegó el día en que Antonio dejó de mirar a través del cristal de sus gafas. La ausencia de su amigo le convirtió en un tipo demasiado tranquilo, confiado aunque inseguro y triste.

Y de tristeza decidió, un día de febrero, acabar con todo, viajando a la capital para poner en venta la reserva Santa Rosalía a cualquier precio y comprar un billete para Tierra de Fuego.

 
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POESÍA DE LOS PÁJAROS PINTADOS / FERNANDO CHELLE

YO LÍRICO

 

cazador de recuerdos

de fragancias pasadas

avaro de ese cofre

donde descansa tu nombre

tallado a punta de diamante.

 

Poeta de un río, negro

como el abismo

y dulce como el oboe

alfarero de esa bohemia

hechicera de paso lento

ojos de fuego y manos de tierra.

 

Poeta del humo

cobijo del amor

que duerme y sueña,

descansa

en su nervio de ceniza alada.

 

 

CALLES DE MI CIUDAD 

En estas calles de la ciudad mía,

y extranjero en las calles de mi ciudad

yo tuve patria donde corre el Negro

por entre verdes islas

y fantasmas de viejos eucaliptos.

"DESDE EL FONDO DE LOS OJOS"/ VERÓNICA ISHTAR ORTÍS

 

Sabes...

Nunca jamás te lo he dicho

y nadie aún sabe donde habitas..

Sin embargo,

desde el fondo de los ojos

desde lo hondo de la mirada mas enamorada,

de quien hoy te dice que te ama,

que se asombra y se admira

tras la mirada mas grande en el cielo,

y mas luminosa que el océano...Tú!

 

Te descubrí con insistencia atravez del tiempo.

Que resultó imposible no enamorarme...

Sin embargo,

Esos ojos que te miran en silencio,

¡TE DICEN TANTAS COSAS!

Esos ojos cantan que eres tú...

Lo infinito en el firmamento, en cada encuentro.

El incendio del verano, con un verso en tu mano.

La brasa incandescente, cuando en silencio beso tu frente.

 

Esos ojos que te cantan

con el alma blanca;

La lluvia que danza en la primavera,

y te invita a soñar con ellos hacia la eternidad,

barrida por los sueños

traspasada de inocencia...

Desde el fondo de los ojos.

 

Esos ojos,¡TE DICEN TANTAS COSAS!

Eres tú lo que ellos dicen,

a ti es a quien revelan

desde el fondo de los ojos

cuanto te esperan.

PROSA A LA MESA / HÉCTOR H. RENDÓN

Silente compañera de mis mejores días; tu cuerpo oscuro y ovalado soporta mis noches largas como tu origen, recibiendo, complacida y sin enojo, mis lamentos de quejumbrosas notas. Por ti inventé mil lunas que alumbraron los ríos de tinta por donde se deslizaba, indócil, mi pluma. La madera de tu linaje ancestral me inspira y cautiva; los átomos cohesionados, dan dureza a tu cuerpo cual impenetrable armadura; provienes del árbol inmenso de la tierra que grita su dolor y pesar; se lamenta el cielo cuando la noche alza su voz como alma de niña solitaria; aquietada y muda  permaneces en las tinieblas enamorando a desprevenidas luciérnagas y a traviesos pájaros carpintero.

Has sido mi intérprete cuando las palabras se enredan en mis dedos;  has sido el ovillo de Ariadna cuando me encuentro extraviado en esta profusión de palabras a las que no puedo dar vida; tu piel lustrosa reclama de mis manos movimientos cadenciosos y precisos que den forma a ese verso inacabado; es decir, eres todo lo que tengo…, lo que me queda.

Antes de entregarte a la quietud del sueño, espero que el peso de mis sueños no te convierta en congoja y puedas mantenerte en pié, vigilante, irrestricta.

DESDE LA TORRE/ BEATRIZ MARTÍNEZ

España con miedo y muerte, con hambre y el dolor más grande, la guerra entre hermanos de la misma sangre. Tiempo de persecución, de fusilamientos en plena calle... A los hombres de pensamiento había que borrarlos. Y Joaquín Mora Iribarne era uno más de esa lista. Escritor, periodista, implacable con su pluma y sus ideas. Amigo de Federico, de Miguel Hernández.

Pero ¿dónde estaba Joaquín? Sus escritos circulaban en la clandestinidad. Hacía rato que lo buscaban. Los afiches rezaban: Recompensa...¿Dónde está Joaquín?

El Alcázar de Granada elevaba su gran torre de piedra milenaria, construida por los moros...Mudo testigo del horror que la rodeaba. Sólo habitaban algunas palomas en lo alto de la torre. Tenía un guardián, el Curro y su secreto. Él era el único que allí entraba. Nada había en esa torre de frías piedras, sólo palomas en lo alto, el Curro y su secreto.

La pesada puerta se cerró con ruido de cadenas y cerrojo tras el Curro...

-Joaquín, baja ya, soy el Curro. –Voy-

-He traído pan Joaquín. Pan y mierda.

-¿Qué dices hombre?

-Han matado a Federico.

Sus pechos se golpearon en un abrazo. Un sollozo ahogado trepó golpeando las piedras hasta perderse en lo alto...Cada día que pasa somos menos...

Los días se sucedían. Demasiados. Se apiñaron en años...

Joaquín escribía, escribía para no enloquecer...

-Joaquín, tienes que comer, estás consumido hombre...

-¿Has conseguido papel?

-Hombre, para ya un poco, escribes demasiado. No aguanto más Curro. Una de estas noches me tiro desde lo alto. Valor, hombre, vamos ya, aguanta. Que no es fácil para nadie. Llegará el momento. Hay que esperar. Estamos dándole duro para sacarte de aquí. Confía, hombre, confía, confía...

Llegó el día. Está todo listo. Olvídate de Joaquín Mora Iribarne. Serás Manuel Benítez...No va a ser fácil ¿Estás dispuesto? Por supuesto hombre, qué me dices...Saldremos en dos días por la noche. Los contactos están hechos. Iremos a Cádiz. Costará llegar. Iremos en carros de labranza, llevando siempre carga. Los cambiaremos cuatro veces. Tendremos que pasar cuatro controles. Llevamos en el tramo final carga de oliva de Jaen, castañas y almendras de Andalucía. Tenemos que llegar al Salta, un buque argentino que suelta amarras en dos días.

Eres Manuel Benítez, argentino, no lo olvides.

Juntos recitaron unos versos de Hernández:

 

“Andaluces de Jaen/aceituneros altivos/cuántos siglos de aceitunas/los pies y las manos presos./sol a sol y luna a luna/pesan sobre vuestros huesos./Jaen levántete brava sobre tus piedras lunares/no vayas a ser esclava con todos tus olivares.”

 

Se fundieron en un abrazo. Por Federico. Por Miguel, que no puedan callarte. Hasta vernos Curro. Hasta siempre Iribarne.

 

Otra tierra, otra vida, Joaquín Mora Iribarne escribió durante años. Los títulos se sucedían: España cautiva, La lujuria de Granada, Mi amigo el Curro, El guardián de la Torre...Acumulaba premios: El Cervantes, Planeta, hasta que su libro Desde el Alcázar logró el Nobel...

 

En la primera página de todos sus libros Joaquín escribe:

Por ti Curro escribo este libro. Por ti que quedaste mirando el cielo de Cádiz bajo las balas de la Guardia Civil. Por ti que ofrendaste tu vida en nombre de la amistad y de la libertad. Sin el Curro vosotros no leeríais nunca este libro...Hasta vernos Curro.

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