AUTOR DEL DÍA

George Gordon Byron.  
No volveremos a vagar.  
 
Así es, no volveremos a vagar 
Tan tarde en la noche, 
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.
 
Pues así como la espada gasta su vaina,
Y el alma consume el pecho, 
Asimismo el corazón debe detenerse a respirar,
E incluso el amor debe descansar.
 
Aunque la noche fue hecha para amar, 
Y los días vuelven demasiado pronto, 
Aún así no volveremos a vagar 
A la luz de la luna. 
 
 
No volveremos a vagar. 
George Gordon Byron.

***

George Gordon Byron.  
Camina bella, como la noche... 
 
Camina bella, como la noche 
De climas despejados y de cielos estrellados,
Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz 
Resplandece en su aspecto y en sus ojos, 
Enriquecida así por esa tierna luz 
Que el cielo niega al vulgar día. 
 
Una sombra de más, un rayo de menos,
Hubieran mermado la gracia inefable
Que se agita en cada trenza suya de negro brillo,
O ilumina suavemente su rostro,
Donde dulces pensamientos expresan
Cuán pura, cuán adorable es su morada. 
 
Y en esa mejilla, y sobre esa frente, 
Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
Las sonrisas que vencen, los matices que iluminan 
Y hablan de días vividos con felicidad. 
Una mente en paz con todo, 
¡Un corazón con inocente amor! 
 
 
Camina bella, como la noche... 
George Gordon Byron.

***

George Gordon Byron.  
Hubo un tiempo... ¿Recuerdas?
 
Hubo un tiempo... ¿recuerdas? su memoria
Vivirá en nuestro pecho eternamente...
Ambos sentimos un cariño ardiente;
El mismo, ¡oh virgen! que me arrastra a ti.
 
¡Ay! desde el día en que por vez primera
Eterno amor mi labio te ha jurado,
Y pesares mi vida han desgarrado,
Pesares que no puedes tú sufrir;
 
Desde entonces el triste pensamiento
De tu olvido falaz en mi agonía:
Olvido de un amor todo armonía,
Fugitivo en su yerto corazón.
 
Y sin embargo, celestial consuelo
Llega a inundar mi espíritu agobiado,
Hoy que tu dulce voz ha despertado
Recuerdos, ¡ay! de un tiempo que pasó.
 
Aunque jamás tu corazón de hielo
Palpite en mi presencia estremecido,
Me es grato recordar que no has podido
Nunca olvidar nuestro primer amor.
 
Y si pretendes con tenaz empeño
Seguir indiferente tu camino...
Obedece la voz de tu destino
Que odiarme puedes; olvidarme, no. 
 
 
Hubo un tiempo... ¿Recuerdas?
George Gordon Byron.

***

George Gordon Byron.  
    Acuérdate de mi.
 
Llora en silencio mi alma solitaria, 
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza 
de mutuo suspirar y mutuo amor. 
 
Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna...
ni la muerte la puede aniquilar.
 
¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba 
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor. 
 
Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo 
que vengas a mi tumba a sollozar. 
 
 
Acuérdate de mi.
    George Gordon Byr

LECTURAS DESTACADAS

La reserva / David verdejo.  (Entrevistado del 5 de Junio)

De toda la estepa ocre que regaba los campos de la Argentina, la reserva de Santa Rosalía era, sin duda, la más extensa. Pero tenía un peligro: su desaparición. El único gaucho vivo que velaba por aquel terreno andaba viejo. Ya no viejo de edad, que pasaba los sesenta años con facilidad, sino cansado, melancólico y triste. Un tipo erguido por el orgullo pero débil por la pena. Se hacía llamar “el Antonio” cuando le conocí, halla por los tiempos donde buscar a un tipo como este significaba horas a caballo, atravesando grandes extensiones de ramas secas que arañaban las pezuñas del equino y provocaban largas sesiones de curas en los establos. Ahora es más fácil porque todos los ganaderos llevan un móvil con GPS y el gobierno ha instalado repetidores por toda la pampa, hecho que generó muchos conflictos en el momento de la implantación. Pero aquellos días previos a la resolución del problema, Santa Rosalía se mantuvo hermosa y funcional hasta las puertas del nuevo siglo, cuando “el Antonio” tomó una decisión. El viejo gaucho intentó por todos los medios conservar el nivel de producción que había sostenido su padre y el padre de su padre, sin éxito. ¿Por qué? Resultó que durante la primavera de 1953, el Antonio viajó a la capital, por primera vez en toda su vida. Aunque la finca daba buena cantidad de pesos durante toda su existencia, su padre, un tipo duro, violento y autoritario, le había prohibido viajar a Buenos Aires con la excusa de “la seguridad”.

            Antonio no fue a la escuela, su padre pensaba que no era necesario porque todo lo que debía saber lo aprendería con el sudor de su frente y la sangre de sus nudillos. Tampoco conoció a mujer alguna ya que la relación con ellas fue demonizada por su progenitor, metiéndole ideas oscuras en la cabeza sobre aquellas señoritas que rondaban los campos cual marabunta de chinches que suben por las piernas sin poder evitarlo, provocando un picor insufrible. Y creció en la ignorancia de los números, en impregnado de prejuicios que le generó grandes enemistades y pocos amigos. Uno de ellos, el Potro, era un tipo regordete, enjuto y encorvado que vendía tabaco y licor a granel. Entre los dos compartieron noches de borracheras y exabruptos mientras el negocio duró. Pero un día de diciembre, cuando el viento de la Pampa corta la piel como un cuchillo afilado, el Potro se acercó a la casa de Antonio para despedirse, sin decir nada, sin ofrecer alguna respuesta de aquella extraña partida más que un paquete delgado y largo que le entregó bajo el cerco de la puerta principal.

            Con el tiempo, Antonio se enteró que el Potro fue a morir a un hospital de la capital. El cáncer de pulmón lo consumió y cada aniversario de aquella despedida, el viejo gaucho tocaba la flauta que su amigo le regaló esa noche.

            Desde entonces, los campos se volvieron grises, secos y estériles. El viejo gaucho se volvió más viejo si cabe y el tiempo se posó sobre él dejando una capa de polvo que ocultaba su piel, arrugaba su rostro y entristecía su mirada. Y así llegó el día en que Antonio dejó de mirar a través del cristal de sus gafas. La ausencia de su amigo le convirtió en un tipo demasiado tranquilo, confiado aunque inseguro y triste.

Y de tristeza decidió, un día de febrero, acabar con todo, viajando a la capital para poner en venta la reserva Santa Rosalía a cualquier precio y comprar un billete para Tierra de Fuego.

 
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POESÍA DE LOS PÁJAROS PINTADOS / FERNANDO CHELLE

YO LÍRICO

 

cazador de recuerdos

de fragancias pasadas

avaro de ese cofre

donde descansa tu nombre

tallado a punta de diamante.

 

Poeta de un río, negro

como el abismo

y dulce como el oboe

alfarero de esa bohemia

hechicera de paso lento

ojos de fuego y manos de tierra.

 

Poeta del humo

cobijo del amor

que duerme y sueña,

descansa

en su nervio de ceniza alada.

 

 

CALLES DE MI CIUDAD 

En estas calles de la ciudad mía,

y extranjero en las calles de mi ciudad

yo tuve patria donde corre el Negro

por entre verdes islas

y fantasmas de viejos eucaliptos.

"DESDE EL FONDO DE LOS OJOS"/ VERÓNICA ISHTAR ORTÍS

 

Sabes...

Nunca jamás te lo he dicho

y nadie aún sabe donde habitas..

Sin embargo,

desde el fondo de los ojos

desde lo hondo de la mirada mas enamorada,

de quien hoy te dice que te ama,

que se asombra y se admira

tras la mirada mas grande en el cielo,

y mas luminosa que el océano...Tú!

 

Te descubrí con insistencia atravez del tiempo.

Que resultó imposible no enamorarme...

Sin embargo,

Esos ojos que te miran en silencio,

¡TE DICEN TANTAS COSAS!

Esos ojos cantan que eres tú...

Lo infinito en el firmamento, en cada encuentro.

El incendio del verano, con un verso en tu mano.

La brasa incandescente, cuando en silencio beso tu frente.

 

Esos ojos que te cantan

con el alma blanca;

La lluvia que danza en la primavera,

y te invita a soñar con ellos hacia la eternidad,

barrida por los sueños

traspasada de inocencia...

Desde el fondo de los ojos.

 

Esos ojos,¡TE DICEN TANTAS COSAS!

Eres tú lo que ellos dicen,

a ti es a quien revelan

desde el fondo de los ojos

cuanto te esperan.

PROSA A LA MESA / HÉCTOR H. RENDÓN

Silente compañera de mis mejores días; tu cuerpo oscuro y ovalado soporta mis noches largas como tu origen, recibiendo, complacida y sin enojo, mis lamentos de quejumbrosas notas. Por ti inventé mil lunas que alumbraron los ríos de tinta por donde se deslizaba, indócil, mi pluma. La madera de tu linaje ancestral me inspira y cautiva; los átomos cohesionados, dan dureza a tu cuerpo cual impenetrable armadura; provienes del árbol inmenso de la tierra que grita su dolor y pesar; se lamenta el cielo cuando la noche alza su voz como alma de niña solitaria; aquietada y muda  permaneces en las tinieblas enamorando a desprevenidas luciérnagas y a traviesos pájaros carpintero.

Has sido mi intérprete cuando las palabras se enredan en mis dedos;  has sido el ovillo de Ariadna cuando me encuentro extraviado en esta profusión de palabras a las que no puedo dar vida; tu piel lustrosa reclama de mis manos movimientos cadenciosos y precisos que den forma a ese verso inacabado; es decir, eres todo lo que tengo…, lo que me queda.

Antes de entregarte a la quietud del sueño, espero que el peso de mis sueños no te convierta en congoja y puedas mantenerte en pié, vigilante, irrestricta.

DESDE LA TORRE/ BEATRIZ MARTÍNEZ

España con miedo y muerte, con hambre y el dolor más grande, la guerra entre hermanos de la misma sangre. Tiempo de persecución, de fusilamientos en plena calle... A los hombres de pensamiento había que borrarlos. Y Joaquín Mora Iribarne era uno más de esa lista. Escritor, periodista, implacable con su pluma y sus ideas. Amigo de Federico, de Miguel Hernández.

Pero ¿dónde estaba Joaquín? Sus escritos circulaban en la clandestinidad. Hacía rato que lo buscaban. Los afiches rezaban: Recompensa...¿Dónde está Joaquín?

El Alcázar de Granada elevaba su gran torre de piedra milenaria, construida por los moros...Mudo testigo del horror que la rodeaba. Sólo habitaban algunas palomas en lo alto de la torre. Tenía un guardián, el Curro y su secreto. Él era el único que allí entraba. Nada había en esa torre de frías piedras, sólo palomas en lo alto, el Curro y su secreto.

La pesada puerta se cerró con ruido de cadenas y cerrojo tras el Curro...

-Joaquín, baja ya, soy el Curro. –Voy-

-He traído pan Joaquín. Pan y mierda.

-¿Qué dices hombre?

-Han matado a Federico.

Sus pechos se golpearon en un abrazo. Un sollozo ahogado trepó golpeando las piedras hasta perderse en lo alto...Cada día que pasa somos menos...

Los días se sucedían. Demasiados. Se apiñaron en años...

Joaquín escribía, escribía para no enloquecer...

-Joaquín, tienes que comer, estás consumido hombre...

-¿Has conseguido papel?

-Hombre, para ya un poco, escribes demasiado. No aguanto más Curro. Una de estas noches me tiro desde lo alto. Valor, hombre, vamos ya, aguanta. Que no es fácil para nadie. Llegará el momento. Hay que esperar. Estamos dándole duro para sacarte de aquí. Confía, hombre, confía, confía...

Llegó el día. Está todo listo. Olvídate de Joaquín Mora Iribarne. Serás Manuel Benítez...No va a ser fácil ¿Estás dispuesto? Por supuesto hombre, qué me dices...Saldremos en dos días por la noche. Los contactos están hechos. Iremos a Cádiz. Costará llegar. Iremos en carros de labranza, llevando siempre carga. Los cambiaremos cuatro veces. Tendremos que pasar cuatro controles. Llevamos en el tramo final carga de oliva de Jaen, castañas y almendras de Andalucía. Tenemos que llegar al Salta, un buque argentino que suelta amarras en dos días.

Eres Manuel Benítez, argentino, no lo olvides.

Juntos recitaron unos versos de Hernández:

 

“Andaluces de Jaen/aceituneros altivos/cuántos siglos de aceitunas/los pies y las manos presos./sol a sol y luna a luna/pesan sobre vuestros huesos./Jaen levántete brava sobre tus piedras lunares/no vayas a ser esclava con todos tus olivares.”

 

Se fundieron en un abrazo. Por Federico. Por Miguel, que no puedan callarte. Hasta vernos Curro. Hasta siempre Iribarne.

 

Otra tierra, otra vida, Joaquín Mora Iribarne escribió durante años. Los títulos se sucedían: España cautiva, La lujuria de Granada, Mi amigo el Curro, El guardián de la Torre...Acumulaba premios: El Cervantes, Planeta, hasta que su libro Desde el Alcázar logró el Nobel...

 

En la primera página de todos sus libros Joaquín escribe:

Por ti Curro escribo este libro. Por ti que quedaste mirando el cielo de Cádiz bajo las balas de la Guardia Civil. Por ti que ofrendaste tu vida en nombre de la amistad y de la libertad. Sin el Curro vosotros no leeríais nunca este libro...Hasta vernos Curro.

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